viernes, 3 de mayo de 2013

Testigo (cuento)


Testigo
Patricio Escobar

Era domingo y como no tenía nada más que hacer me dirigí al parque junto al rio. Al llegar, me senté en uno de los bancos, bajo la sombra de un árbol, y comencé a mirar a la gente. Había, entre otros, un grupo de muchachos de ropa deportiva con muchos perros de distintas razas. Todos esos animales tenían sus correas al cuello y se notaban muy sanos por como corrían y jugaban. Los muchachos conversaban todos alegremente en grupo a la vez que observaban a los canes. Todos, excepto un joven que estaba alejado del círculo y miraba de reojo a una de las muchachas del grupo.
–Ni siquiera me gustan los perros. Estoy aquí sólo para poder estar cerca de la “Marcela” –me lo imaginé diciendo.
En otro lado del parque, por la orilla en las pistas de tierra, había una pareja de muchachos en bicicletas. La niña de ojos claros se movía perfectamente pedaleando velozmente de un lado a otro, mientras que el joven se tambaleaba y no aguantaba más de un par de segundos sobre las dos ruedas. La muchacha con voz alegre lo incentivaba a seguir adelante, a que siguiese intentando mantener el equilibrio y pedalear al mismo tiempo. Pero el chiquillo, con un pie apoyado en el suelo y las manos en el manubrio, se notaba cansado y serio. Tenía expresión de decir –¡Qué vergüenza estar haciendo esto! Ya estoy viejo para recién estar aprendiendo a andar en bicicleta.
Hacia mi izquierda vi un grupo de chiquillos sentados en círculo en el pasto. Uno de ellos tenía una guitarra y tocaba canciones mientras los demás tomaban jugos Kapo. Escuché a dos de las chiquillas pedirle canciones al de la guitarra, pero éste les respondió que no se las sabía.
–Pucha, siempre quedo mal parado frente a ellas. Nunca me sé las canciones que me piden –debe haber pensado.
Llegó también al parque en ese momento otra pareja de jóvenes. La niña era morena, de pelo negro y largo, de cuerpo ágil y delgado, como si hiciera deportes frecuentemente; el muchacho era de pelo y tez clara, también delgado. La chiquilla estiró una especie de chal a cuadros sobre el pasto y se sentó. El joven se sacó la mochila de la espalda y se estiró también sobre el chal. Ambos dieron profundos suspiros y comenzaron a mirar las hojas de los árboles.
–No hay otro lugar en el que quisiera estar en este momento –era lo que parecían haber estado pensando.
A mi derecha pasó un tipo con ropa deportiva trotando y escuchando música desde un reproductor que llevaba afirmado en su antebrazo. Llevaba el paso como si fuese escuchando Take a chance on me de Erasure, aunque colocaba su cara seria como de ser fan de Led Zeppelin. A lo lejos escuché un vendedor ambulante ofreciendo helados a viva voz. Metí mi mano al bolsillo para ver si tenía monedas y comprar un helado cuando el vendedor pasara cerca de mí.
Ladridos, muchos ladridos. Giré mi cabeza y vi que dos de los perros del grupo salieron persiguiendo al tipo que pasó corriendo. Éste se asustó y se detuvo por unos segundos, hasta que la “Marcela” se separó del grupo y fue a buscar a los perros.
–¡Ése era el momento poh, “Juanito”! La “Marcela” estaba sola, lejos
del grupo. Podrías haber ido ahí y conversarle –pensé, pero el muchacho que la miraba de reojo no se movió. Solo la miró como regresaba con los dos perros y después dejó caer su cabeza como diciendo –debí haber aprovechado ese momento para ir a hablar con ella. 
El corredor siguió trotando y pasó al lado de los ciclistas, quienes continuaban en su trabajo. La muchacha de ojos claros seguía arengando a su compañero y éste ya duraba un poco más de dos segundos pedaleando.
–¿Qué habrá sido, a todo esto, de mi primera bicicleta? Era una cosa amarilla y chica. Probablemente mis papás la botaron cuando ya no me servía.
El muchacho de pelo claro se paró del chal a cuadros y mientras se sacudía la ropa le decía algo a la chiquilla de pelo negro.
–Tengo que ir a comprar. Vuelvo al tiro –debe haberle dicho, ya que inmediatamente se agachó, le dio un beso y salió caminando lejos
del parque. Ella quedó ahí, acostada en el chal a cuadros.
–Heladoooo. Pa’ la se’, pa’ la calor. Piña, Chirimolla, Mora, Mustan’, Yiro, heladoooo –escuché ya más cerca, así que tomé los doscientos pesos que tenía en mi bolsillo para cuando apareciera el vendedor.
–¡Bien, dale, dale! –Le gritó la niña de los ojos claros a su compañero en la bicicleta. Éste avanzó unos cuantos metros antes de perder el equilibro y apoyarse con su pie derecho en tierra. Sin duda estaba progresando. –¿Viste que se puede? –le debe haber dicho la muchacha cuando él se acercó caminando con la bicicleta al lado.
Los del grupo sentados en el pasto comenzaron a cantar It’s my life de Bon Jovi. Todos cantaban animosamente y el de la guitarra tenía una expresión como de estar pensando –por fin le achunté a una canción que todos se supieran.
–Son jóvenes po’ “Luchito”. Tócate un tema de ahora y todos se la van a saber. Temas antiguos es muy difícil que todos se lo sepan y, si querís quedar
como rey ante las chiquillas, apréndete temas románticos –pensé.
–Heladoooo. Pa’ la se’, pa’ la calor. 
Por fin llegó el vendedor. Levanté la mano y se me acercó. Abrió su caja de plumavit y le pedí uno de mora. A penas le pagué, el vendedor cerró la caja y siguió su recorrido por el parque. La “Julieta” seguía acostada sola en el chal a cuadros. “Romeo” aún no volvía. Quizá qué habrá ido a comprar.
–¡Dale Pablo, no perdai el equilibrio! –dijo la de los ojos claros, mientras el chiquillo agarró velocidad sobre su bicicleta. Aguantó tanto que llegó hasta donde estaban los perros. Éstos salieron corriendo persiguiendo a la bicicleta y todos los con ropa deportiva fueron a buscarlos, dejando sola a la “Marcela” quien tenía un perro afirmado de la correa.
–¡Ahí poh Juanito! –pensé. Y efectivamente el chiquillo se acercó a la “Marcela” a conversarle. Debe haberle dicho algo
como –Hola Marce, ¿Cómo estai? ¿Hace cuánto que estai en este grupo cuidando perros? –Y la “Marcela” parece que también le gustaba el “Juanito” porque se puso media colorada.
–Esa tampoco me la sé, pero, a ver, déjame sacarla de oído –dijo el de la guitarra en el grupo, y empezó a cantar –Noviembre sin ti, es sentir que la lluuuvia me dice llorando que todo acabó.
–¡Bien Luchito! Ése es el truco. Vas a quedar
como rey –pensé.
Pablo volvía caminando con la bicicleta al lado y su amiga de los ojos claros estaba con una sonrisa de oreja a oreja. El muchacho debe haberle dicho algo como –“Nati”, pa’ la otra vamos a ir a un lugar sin perros –y ambos se echaron a reír.
Yo mientras tanto había abierto mi helado de mora y comenzaba a comerlo cuando busqué con la vista al vendedor de helados para ver cuánto había avanzado. Estaba como a media cuadra de distancia y detrás de él iba el “Juanito” junto a la “Marcela” y dos perros afirmados de las correas. El “Juanito” llamó al heladero y le compró dos helados. Uno se lo pasó a la “Marcela”.
–¡Muy bien, campeón! La hiciste –dije. –Igual que el de la guitarra, que hasta aplausos sacó cuando terminó de tocar Noviembre sin ti de Reik para las chiquillas, las que ya lo miraban con otros ojos. Los muchachos de su grupo también lo miraban distinto ahora, pero con envidia. Más de alguno debe haber pensado –me voy a poner a aprender guitarra también.
–¿Y “Julieta”? ¿Habrá vuelto su “Romeo”? –pensé, así que miré hacia donde estaba el chal a cuadros estirado en el
pasto, y vi que la chiquilla estaba dándole un beso a un muchacho que estaba junto a ella.
–Ah, sí, ya volvió. –dije. –Pero… ¿el pololo no tenía el pelo claro? Éste tiene pelo oscuro.
Los de las bicicletas pasaron ambos andando frente a mí. La chiquilla sin duda tenía mucha práctica, pero el muchacho que recién había aprendido lo hacía tambaleante aún. Los seguí con la vista hasta que salieron del parque y doblaron por una esquina. En esa misma esquina se detuvo una micro y por la puerta trasera se bajó el “Romeo”, el verdadero, el de pelo claro. Venía con la cara sonriente y traía en sus manos unos libros. Corrió en dirección al parque, pero se detuvo en seco cuando vio la escena que había sobre el chal a cuadros. Su cara se transformó. Soltó los libros. Lo vi caer sentado en el pasto, con rostro de sorpresa e incredulidad. El chiquillo de pelo oscuro que besaba a la chiquilla miró al joven rubio y salió corriendo por el parque. La muchacha se dio vuelta, miró al “Romeo” y se puso de pie. Intentó acercarse para decirle algo, pero cada vez el muchacho rubio se alejaba caminando hacia atrás. La niña, al ver que el joven no quería siquiera escucharla, volvió al chal, de la mochila tomó un lápiz y escribió algo en un papel, el que dejó en el pasto. Cabizbaja, se dio media vuelta y se alejó caminando por el parque. El muchacho, aun con cara de no creer lo que acababa de pasar, se puso de pie, caminó hacia el chal, tomó el papel y lo leyó. Sus manos temblaban. Se sentó en el pasto y comenzó a llorar de una manera que hasta las piedras se ablandarían. Aun cuando mi mente logra crear muchas cosas, nunca he podido imaginarme lo que ese papel decía. No sé. Quizá mi mente no quiere llegar a comprender que las únicas personas que parecían felices al principio de esa visita al parque fueron las únicas que terminaron mal. 



lunes, 22 de abril de 2013

Las barandas del liceo italiano (cuento)

Las barandas del liceo italiano
 Patricio Escobar


Una vez instalados en el colegio italiano que sería nuestro hogar por tres meses, me dispuse a dar una vuelta por Roma y buscar los lugares más importantes para luego recorrerlos con mi curso. Fui a la sala de profesores a buscar un mapa de la ciudad, caminé por los pasillos del viejo colegio, presté especial atención a las barandas de madera de los pisos superiores (no sé por qué lo hice) y, al volver a la sala, encontré a un alumno a microsegundos de encender una bomba de humo.
–¡Santander! –dije. –¡Suelta eso y vamos a inspectoría!
–¿También tenés un pibe problema? –dijo una voz en el pasillo. Era el profesor de la sala del lado, otro curso de intercambio. Tenía uno de sus alumnos agarrado de una oreja. –Seguíme que sho sé dónde los van a corregir.
–Santander, vamos. Recién llegado a Italia y ya te estás portando mal. Veremos cómo te va con el inspector de acá –le dije a mi alumno.
         Caminamos los cuatro por el pasillo del segundo piso del colegio y, nuevamente, le presté mucha atención a las barandas de madera. Se notaban que eran muy antiguas, y habían sido pintadas de un color café oscuro.
–¿Estás seguro que la oficina del inspector está por acá? –le pregunté al otro profesor.
–See. Por culpa de estos demonios sha he venido seis veces. Siete ahora con este Gálvez ¡Y apenas shegamos hace tres días! ¿Lo podés creer?
–Venimos a romper marcas entonces. Yo acabo de llegar y ya tengo que presentarle este angelito al inspector. Y es más, te puedo asegurar que en estos momentos hay otros cuantos organizando algún destrozo.
–Ah bueeeno.  Sha era hora de tener alguien que me entendieeeera. Alfredo Marini, profesor de Biología de Buenos Aires –me dijo extendiéndome la mano derecha.
–Julián Robles, profesor de Música de Santiago. Mucho gusto.
–¡Música! ¿Te especializás en algún instrumento?
–Toco de todo. Pero si de gusto se trata, me fascina el bajo. Y además canto.
–Mirá que bueno, che. Platicando con un profe mexicano, me dijo que los instrumentos de la sala de música están disponibles. Él toca la guitarra y sho la batería. Podríamos ir un día libre y ver que sale. ¿Vale?
–Ya poh, me parece excelente. Después nos ponemos de acuerdo.
         Seguimos caminando por los pasillos del viejo colegio italiano hasta que llegamos a una oficina con puerta de vidrio. En el vidrio debió haber tenido escrito en italiano, pero no se veía por la hoja de papel con la palabra “inspectoría” impresa en letras negras que habían pegado encima. Marini dio tres golpes a la puerta. Yo me giré para ver el patio y tener una imagen general del colegio, pero me quedé mirando una vez más las barandas. Esas barandas de madera tallada que parecían patas de mesa antigua, pintadas de color café oscuro. ¡Pero claro! ¡Se parecían tanto a las barandas del liceo de Concepción en donde yo había estudiado cuando era adolescente!
–¡Marini! Otra vez por acá. ¿Qué hiciste ahora? –dijo con voz gruesa el inspector, un tipo alto, gordo, pelo canoso y un ojo de vidrio.
–Lo pillé rayando las sillas con éste plumón. –dijo el profesor Gálvez, de biología, dándole el plumón en la mano al inspector.
–Marini, Marini. ¿Qué vamos a hacer contigo? No sé cómo funcionan las cosas en Argentina, pero acá en Chile no es normal que hagas tantas maldades juntas –dijo el inspector.
–Ah, y de pasadita me encontré al profesor nuevo de Música, el señor Santander, quien también le trae un angelito de su curso –dijo el profesor Gálvez.
–Santander, buenas tardes. Soy Enrique Lobos, el inspector general. ¿A quién me trae?
–Buenas tardes. Le traigo a Julián Robles del tercero “C”. Un muchacho con mucha imaginación, pero lamentablemente ocupa esa creatividad en hacer bombas de humo con pelotas de ping pong y papel metálico.
         En ese momento, el profesor Gálvez, el profesor Robles, el inspector Lobos y el alumno argentino Marini del tercero “B” me quedaron mirando, ahí, junto a la puerta de inspectoría y las barandas de madera del Liceo Italiano de Rancagua.


lunes, 15 de abril de 2013

Carta de M… (cuento)


Carta de M… a las personas del mundo desde la prisión de Cebongan, Indonesia, Junio de 2053 (traducción al español)


Estimados amigos,
Recientemente he sido informado acerca de la noticia de que todos ustedes me han otorgado el título honorífico de Ciudadano Ilustre de la Humanidad. Sinceramente, no creo que exista manera satisfactoria de expresar mediante palabras el placer que siento en estos momentos. Dadas las circunstancias actuales, sólo se me permite comunicarles mediante éstas breves líneas mi gratitud pero créanme, amigos míos, que mi felicidad va mucho más allá de lo que ustedes puedan imaginar de éstas palabras.
Sin embargo, tengo la necesidad de aclarar que las cosas que les he revelado y que han causado tanto mi actual situación judicial como el galardón que ustedes me han concedido, no ha surgido de mi propio conocimiento, sino que más bien se me fue revelado hace unos años atrás. Me gustaría, por lo tanto, relatarles los acontecimientos durante los cuales yo recibí el conocimiento que, espero, signifique que la humanidad finalmente llegue a conocer el bienestar universal.
Corrían los primeros años del siglo XXI cuando, con la compañía de tres de mis mejores amigos, me dirigía a un festival al aire libre a las afueras de mi ciudad natal. Tanto yo como mis compañeros recientemente habíamos cumplido la mayoría de edad, por lo que nos sentíamos con la energía característica de la juventud más la independencia propia de la adultez. Para llegar al lugar en donde se llevaba a cabo el festival, debíamos manejar a través de la carretera que se sitúa junto al aeropuerto de la ciudad. Sin embargo, y a pesar de la tecnología que existía a nuestra disposición en ese tiempo, equivocamos la ruta y terminamos en un camino que nos llevó al viejo internado religioso abandonado que en sus últimos años había funcionado como museo de objetos e imágenes eclesiásticas.
Como aún teníamos tiempo de llegar al festival, mediante común acuerdo nos dimos la libertad de entrar al terreno al que habíamos llegado a pesar de que estaba claramente señalizado como “recinto privado” y “peligro de derrumbe” y así poder curiosear. Entramos por una abertura en la alambrada principal y, luego, por una ventana rota al edificio mayor de lo que fue el internado. Todo estaba oscuro. El aire estaba denso por el polvo de los años y olía a encierro y madera vieja. El silencio casi total era solo interrumpido por nuestros pasos y por el viento que se colaba por las tablas rotas de las ventanas. 
Nos encontrábamos recorriendo el lugar cuando uno de mis amigos sintió la necesidad de romper un vidrio oscurecido por el tiempo que no permitía mirar con claridad el contenido de una especie de vitrina. El sonido del cristal roto cayendo al piso de madera retumbó por todos los pasillos de la casona haciendo parecer que otros cien cristales se rompían a lo ancho y largo de la casona. Cuando el ruido se detuvo, nuestros ojos quedaron fijos en lo que había al interior de la vitrina: estatuas religiosas que representaban personas con laceraciones en pies y manos sufriendo condenas mortales, ángeles guerreros atravesando demonios bajo sus pies con lanzas, mujeres con cara de sufrimiento, llorando, dirigiendo sus ojos hacia arriba y muchas otras figuras que nos hicieron sentir un profundo terror. Mis tres amigos tuvieron la instintiva reacción de salir corriendo del lugar, pero yo no me sentí con la fuerza para hacerlo. En cambio, una extraña sensación me hizo caminar de manera casi involuntaria hacia otra habitación. 
Llegué a una amplia sala y me detuve en el centro de ésta. Aunque en mi interior yo estaba muerto de miedo y solo quería arrancar, mi cuerpo no lograba moverse a la par de mis pensamientos. Entonces, apareció frente a mi la figura de una joven, de aproximadamente mi misma edad, vestida con una túnica blanca. Su rostro me pareció extrañamente conocido. Con una suave voz, casi infantil, me dijo que era mi hermana gemela quien había muerto pocas horas después de nacer y cuya existencia mis padres nunca me habían revelado. Me explicó que, por haber irrumpido en este lugar, a continuación sería enjuiciado. 
Apareció frente a mí en ese instante una especie de estrado con figuras que no logré distinguir, pero sus voces eran gruesas y fuertes y repercutían en el gran salón. Una voz dijo “¿será tu castigo algo simple y pueril como ser comido por un tiburón?”. Una segunda voz dijo “¿O quizás dedicar por completo tu vida a las creencias religiosas, abandonando todos los placeres terrenales existentes?”. La suave voz de quien se había identificado como mi hermana gemela susurró a mi oído diciendo “Sea cual sea la decisión, acéptala y rinde tu alma. En realidad no es un castigo lo que te darán, sino un beneficio”. Entonces, haciendo caso del consejo de esa dócil voz, en mi interior acepté cualquier determinación que se tomara. Sentí, entonces, que mi cuerpo comenzaba a flotar en el aire boca arriba. Cerré mis ojos, abrí mis brazos y junté mis piernas. La tercera voz dijo “Entonces, se te dará a conocer y deberás cargar de ahora en adelante con la verdad última de la vida. Solo podrás revelarla a la humanidad dentro de diez años. Por darla a conocer públicamente, serás agradecido por muchos, pero también odiado por otros”. A los pocos segundos, sentí el frío suelo de madera tocando mi espalda. Abrí los ojos, me senté y miré alrededor; no había nada, excepto mis tres amigos, atónitos, mirándome desde la entrada del salón. Me dijeron que me habían visto levitar completamente solo, iluminado solamente por un haz de luz que se colaba desde el exterior por una abertura en el techo. Después de eso, simplemente salimos del lugar y les pedí que no mencionaran a nadie lo sucedido por algún tiempo, hasta que yo les indicara.
Fue de esa manera, entonces, cómo obtuve el conocimiento que hace cuarenta años les revelé. Hoy que celebro setenta años de edad, puedo confirmar que se ha cumplido todo lo prometido: muchas personas han aceptado mis palabras, mientras que muchas otras las han renegado. He vivido más de treinta y siete años tras las rejas por mis dichos y, aun cuando he sido solo un conducto de ese saber, estoy muy agradecido de vuestro reconocimiento hacia mi persona pues tengo la más plena certeza de que la verdad saldrá triunfante y mi revelación logrará el cometido original de conseguir la felicidad en todo el mundo.

Que la paz esté con todos ustedes.

M…



Cronología de los hechos.
1984 – Nacimiento de M…
2003 – M… (19 años) recibe conocimiento en antiguo internado.
2013 – M… (29 años) revela públicamente el conocimiento creando gran conmoción en el mundo entero.
2017 – M… (33 años) es enjuiciado y enviado a prisión por sus opositores.
2053 – M… (70 años) recibe el título honorífico de Ciudadano Ilustre de la Humanidad y escribe carta la de agradecimiento.

domingo, 14 de abril de 2013

La edad del odio (microcuento)


La edad del odio
Patricio Escobar

–¿Por qué? ¿Por qué yo? Nadie entiende en esta familia lo que estoy viviendo. Salen con sus “yo ya pasé por esa etapa” pero no es cierto. Nadie sabe lo que es vivir como yo, sin poder hacer nada, siempre me mandan a hacer cosas que no quiero. ¡Odio mi vida! ¡Odio a mi familia! ¡Por qué no puedo tener una vida tranquila! –dijo la adolescente entrando furibunda a su habitación.
         Se tumbó en su cama, cubrió su cabeza con la almohada y se puso a llorar. Al dejar caer su brazo derecho por la orilla de la cama, su mano rozó el interruptor de la lámpara que tenía en el velador.
–Si tan solo tuviera explosivos bajo la casa… ¡podría hacer volar todo apretando este interruptor! (Click)
La casa no voló en pedazos, pero curiosamente un pequeño temblor se dejó sentir en el instante mismo en que la adolescente presionó el botón. Segundos más tarde, el hermano mayor de la joven entró corriendo en su habitación.
–¿Lo sentiste? Los icebergs se están partiendo –dijo el hermano mientras miraba entre inquieto y feliz por la ventana. Una columna de humo negro indicaba que había un incendio a lo lejos.
–¡Ándate de mi pieza! ¡Estai loco! (Click, Click)
–Ay, hermanita, estai en la edad de odiar todo. Yo ya pasé por ahí.
–¡Agghh! (Click, Click, Click)

jueves, 11 de abril de 2013

Claustrofobia (microcuento)


Claustrofobia
Patricio Escobar

Se cuenta que hace un par de siglos atrás en París, Francia, un grupo de cinco personas quedó atrapado en un ascensor, los que hace poco habían sido inventados. Como aún no existían los sistemas de seguridad y la experiencia en uso de ascensores que hay en la actualidad, esas cinco personas estuvieron atrapadas más de diez días a la altura del piso doce de un edificio. Cuando el equipo de rescate finalmente pudo abrir el ascensor, todas las personas estaban muertas excepto un solo hombre quien fue el que explicó los hechos, aunque con gran dificultad, más tarde a las autoridades. Según su relato, una de las personas (una señora mayor) se desplomó de un infarto al corazón al momento en que el ascensor se atascó y el resto sufrió horribles ataques de pánico a lo largo de los diez días de encierro. El hombre, entre sollozos, explicó que lo peor de todo sucedió esos últimos días cuando, en su razonamiento de pánico, los pasajeros pensaron que cometer canibalismo era la única manera de sobrevivir hasta que los rescataran. Partieron por comer del cuerpo de la señora que había muerto al inicio y luego, cuando ésta se comenzó a pudrir, siguieron por morder a los vivos hasta que cada uno tuvo en sus estómagos carne y sangre de las otras cuatro personas. Lo que no calcularon era que comenzarían a morir de sangramiento por las heridas. Como último dato, el hombre reveló que no tuvo pudor en comer de las otras personas pues, a fin de cuentas, eran completos desconocidos con los que no tenía relación sentimental. “De lo contrario, es probable que no hubiese accedido a comer de ellos” dijo el hombre a la prensa de la época. Es por esta historia que en la actualidad es de común acuerdo, cuando uno se sube a un ascensor, saludar a quien será su acompañante por muy corto que sea el trayecto. De esa manera, se deja de ser completos extraños y se da pie a que exista al menos un poco de pudor de comerse entre sí en caso de quedar encerrados. Con ello, también, ese “hasta luego” al momento de bajarse del ascensor, en realidad quiere decir “suerte que no tuvimos que comernos en ésta oportunidad”.

lunes, 8 de abril de 2013

Cuando los animales se creen Sherlock Holmes (cuento)


Cuando los animales se creen Sherlock Holmes
Patricio Escobar

–¡Ya poh albatros! ¿Hasta qué hora te esperamos? –exclamó la cordero.
–Ay, perdón, es que, pucha, espérenme un poquito, voy al baño rápido –respondió el albatros.
    La fiesta en la jaula del guepardo del zoológico metropolitano había terminado. Por todo el lugar solo quedaban restos de comida y botellas vacías de la noche anterior. Los invitados ya se habían marchado y solo quedaban unos cuantos rezagados que se disponían a irse a sus jaulas.
–Pucha el albatros. Si vas a hacer algo, hazlo ya. Mientras miraba al pato recoger sus cosas, te vi dar vueltas sin sentido –dijo la cordero.
–Yo ya estoy listo. Muero de hambre. Creo que vi un trozo de pescado por aquí… –dijo el pato.
       Mientras comía el pescado, el pato se puso a bailar al ritmo de una música imaginaria. Aleteaba alegremente y levantaba sus patas planas de manera alternada.
–Que bonitas estas figuras de mazapán, ¿quién las hizo? –preguntó la venado.
–La camello en un día en que el zoológico estuvo cerrado. Como no tenía nada que hacer, las hizo y quedaron de adorno –respondió la cordero.
–Pero hay que tener habilidad para ello. Quedaron bonitas. Los visitantes podrían llevarse una al finalizar su recorrido.
–Ya, volví, ahora podemos irnos –dijo el albatros.
–Menos mal. El pato ya estaba bailando, síntoma de locura –dijo la cordero.
      En ese momento, el albatros, la cordero, la venado y el pato toman sus pertenencias y caminan hacia la salida de la jaula del guepardo para irse a sus jaulas individuales. Pero la cordero, que era la última de la hilera, miró hacia atrás y vio un iphone sobre una silla.
–Wait! ¿A quién se le queda el celular?
–A mí no –responden los tres animales.
–Chuta, ¿y éste de quién será? –dijo la cordero tomando el celular en su pata izquierda.
–Yo lo vi desde hace rato acá. Estaba junto a una chaqueta negra –dijo una ardilla que apareció entre los escombros.
–No, pero la chaqueta era mía –dijo el albatros.
–Dejémoslo aquí en la jaula del guepardo. Estará seguro –dijo el pato.
–Pero si lo dejamos, el dueño o dueña va a tener que esperar hasta el próximo lunes para recuperarlo –dijo la cordero.
–¿Será de la golondrina? Ella vino anoche –dijo la venado.
–Pero también puede ser de la koala –replicó el albatros.
–Pucha, y tiene bloqueo con patrón, así que no puedo meterme a revisar los mensajes –dijo la cordero.
–Pero tiene la opción de llamada de emergencia –dijo el pato. –Llámame, el número va a quedar registrado en mi cel. Si es contacto mío, sabremos al tiro. Si no lo tengo agregado, buscamos ese número en la lista de números de los invitados que tiene el guepardo aquí en su jaula.
–¡Bakan! –dijo la cordero. –Dame tu número.
–Nueve, cuacktro, tres, cuacktro, cuacktro, seis, cuacktro, ocho.
–Nop. Me sale una grabación que dice “Este no es un número de emergencia”.
–¡Pucha! –dijeron los otros animales.
–Pero pensemos quién vino a la fiesta y descartemos quienes se fueron primero. Si hubiesen sido ellos, ya hubiesen regresado a buscarlo o hubiesen intentado contactarnos para pedirnos que lo guardáramos –dijo el pato.
–Veamos la lista de los números del guepardo, llamemos a quienes creamos que sea el dueño o dueña de éste celular y veamos con cual comienza a sonar –dijo el albatros.
–Yo creo que es de la golondrina –repitió la venado.
–¡Buena idea! –dijo la cordero. –¿Quién tiene plata para llamar?
–Yo la llamo –dijo el pato y comenzó a marcar el número de la golondrina viendo la lista.
–Porque ya la última opción sería llamar uno por uno los números de la lista de invitados –dijo la venado.
–Está marcando en este momento, pero el celular no está vibrando. No es de la golondrina –dijo el pato.
–¡Momento! –exclamó la cordero. –Miren, tiene la alarma activada a las 5am.
–¿A las 5 de la mañana? ¿Quién puede levantarse tan temprano? –preguntó el albatros.
–¡La caballo! –gritaron todos al unísono.
–Es la única energética que se levantaría a esa hora a, no sé, salir a correr o algo sano –dijo el albatros.
–Yo la llamo. Tengo el número de contacto –dijo el pato y, efectivamente, el iphone comenzó a vibrar con el mensaje “pato llamando”.
–Jajajaj, pero ¡qué detectivescos que somos! –dijo la cordero.
–Todos unos Sherlock Holmes –dijo el albatros.

domingo, 31 de marzo de 2013

Paradoja (Cuento)


Paradoja
Patricio Escobar

¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? Esa es una pregunta muy famosa que se ha dicho desde tiempos remotos para demostrar que hay cosas en esta vida que parecieran ser cíclicas, que el orden cronológico del efecto causa-consecuencia a veces se ve cubierto por una bruma nos hace dudar de las situaciones más simples.
Mi nombre es Charles. Ese es el nombre que me dieron mis padres adoptivos, Frederick y Belinda, una pareja de descendientes irlandeses de clase alta que nunca pudieron tener hijos y que decidieron adoptar en secreto a la única guagua pelirroja del hogar de huérfanos de la capital.
Frederick y Belinda cuidaron muy bien de mí. Me dieron todo el cariño que su adulta edad anhelaba entregar a un hijo y la mejor educación que su buena situación económica podía pagar. –Padre es el que cría, no el que engendra– escuché muchas veces decir a los profesores en el instituto donde estudié y nunca dudé de esa aseveración aunque, a decir verdad, jamás imaginé que yo fuera parte de esa realidad. Sólo vine a saber que me habían adoptado cuando Frederick y Belinda me lo contaron a penas cumplí los dieciocho años. Como era de esperarse, mi cariño por ellos no sufrió cambio alguno; habían sido mis padres desde mis más infantiles recuerdos y lo serían hasta el día de mi muerte. Sin embargo, la curiosidad que siempre me caracterizó me hizo investigar los motivos por los que mis padres biológicos me habían dado en adopción. ¿Habrán sido muy pobres como para criarme? ¿Habrán sido adolescentes sin el apoyo de sus padres?
A los diecinueve años, yo me encontraba estudiando física en la más prestigiosa universidad del país, pero aun así me hice el tiempo para ir al hogar desde donde fui adoptado y así averiguar mi origen. Al parecer había estado tan pocos días en ese lugar pues no tuve recuerdos de haber estado ahí. Me hicieron pasar, me identifiqué, expliqué mi situación, algunas encargadas buscaron en los registros pero el nombre de mis padres estaba vacío. No me sorprendí; pocas cosas en mi vida habían resultado al primer intento. Imaginé que alguna de las trabajadoras más antiguas del lugar podría recordar mi caso, así que pedí hablar con ellas. Efectivamente, un par de ancianas recordaban al único niño pelirrojo que habían tenido en mucho tiempo. Corroboraron que fue una pareja de adultos también pelirrojos quienes me adoptaron, pero me dijeron que respecto a mi origen se sabía poco: un veinte de agosto (el día en que mis padres adoptivos celebraban mi cumpleaños) una mujer joven, de tez blanca, rostro delgado y pelo negro había llegado al hogar con un bebé en brazos y pidió hablar con los encargados para realizar los trámites necesarios y así dar su hijo en adopción. La secretaria le pasó una ficha para llenar algunos datos de identificación y entró a buscar a su superior pero, cuando ambos regresaron a la sala, la mujer se había ido y había dejado al niño en una silla envuelto en una cotona blanca. En la ficha había escrito Carlos, los números y el tiempo te ayudarán a reencontrarme. V. A pesar de lo intrigante del mensaje, ahora al menos sabía tres cosas: mis padres adoptivos me nombraron Charles por ser el equivalente inglés de Carlos, mi madre biológica esperaba que la contactara de alguna u otra manera y su nombre comenzaba con V.
 Sin tener otras pistas más que las de ese mensaje, volví a mi vida universitaria. Los años pasaron, terminé mi carrera, hice un magíster y un doctorado en ciencias y comencé a trabajar en el departamento de investigación de la universidad. Con mi equipo trabajamos en varios estudios pero debo reconocer que mi sueño siempre fue el intentar viajar en el tiempo, tal como en los libros de Julio Verne, J.J. Benítez y en la saga de películas Volver al Futuro, por lo que me dedicaba a ese sueño ocupando los equipos del departamento en cada momento libre que tenía. Inclusive llegué a pensar que esos números y tiempo del mensaje de mi madre biológica se refería a que debía conseguir volver al pasado y encontrarla ese veinte de agosto antes de darme en adopción. En fin, aunque resulte algo increíble para los no familiarizados con la vida científica, de mis investigaciones obtuve buenos resultados. Detalles técnicos no daré en este relato pues a fin de cuentas esos estudios los realicé de manera individual y soy yo el responsable de mis actos. Sin embargo, debo contar que cierto día, en la sala de aislación, logré invertir en proceso de muerte de un girasol, desde estar marchita hasta estar completamente lozana. Lamentablemente, a los pocos días de conseguir ese gran logro, un mensaje desde la dirección del departamento de investigación de la universidad me reprendía por utilizar los equipos del departamento en estudios que no fueran los detallados en mis informes. Con ello, me prohibían continuar con dichos experimentos y, además, me amonestaban con cierta cantidad de horas para el departamento de educación en enseñar a los alumnos nuevos del magíster en ciencias. ¡Todo ese avance se vería interrumpido por dar clases!
Pero no todo fue malo. Impartiendo clases fue cuando conocí a quien sería mi gran amor y cómplice en mis estudios del tiempo. Un día, entregando unos trabajos escritos que había revisado anteriormente, llamé a Vuisa Stevenson. Delante de mí se detuvo una joven muy hermosa, delgada, de tez blanca y cabello pelirrojo como yo. –Me llamo Luisa. Perdón, pero mi letra a veces no es muy clara –me dijo. Además de su atractivo físico, Luisa resultó ser una alumna muy destacada en el área de las ciencias. Me cayó muy bien, y al parecer el sentimiento era recíproco, pues al poco tiempo comenzamos a salir juntos. Recibió su grado de magíster y, además, comenzó a trabajar junto a mí en el departamento de investigación de la universidad. Con el paso de los meses, nuestra relación se hizo muy estable. Hasta tuvimos intenciones serias de tener hijos, pero la falta de tiempo nos hizo razonar que por el momento no podríamos dar un entorno familiar apropiado, así que cierto día nos conformamos con adoptar una pequeña gata siamés que apareció en nuestra puerta, junto a una pequeña cama acolchada, a la que bautizamos como Voyage.
Terminado mi periodo de “castigo” haciendo clases, aunque ahora con una gran aliada en mis proyectos personales, volví a los estudios del departamento y también, secretamente, a mis experimentos en viajes temporales. Ésta vez, los resultados fueron aún más sorprendentes y se dieron en un tiempo más breve. Invirtiendo la polaridad de los equipos en la sala de aislación, logré retroceder el tiempo por algunos segundos en toda la sala, excepto en una pequeña cápsula al interior de ésta, a la que llamamos Cápsula del Tiempo. El regreso en el tiempo debía ser, eso sí, en un periodo menor a la fecha en la que había fabricado la cápsula pues, con un destino más prolongado, no existiría cápsula en donde re-aparecer. Esto significaba que, a una escala mayor, podríamos modificar el tiempo en todo el espacio que nos rodeaba, viajando dentro de una Cápsula de mayor tamaño en la que puedan ingresar viajantes humanos.
Todo iba viento en popa hasta que comencé a notar la presencia de ciertos personajes ajenos a la universidad vestidos de traje oscuro que vagaban por el departamento de ciencias. A veces los veía a cuando salía de mi oficina, afuera de las salas de experimentos, en las reuniones de personal e incluso en el casino durante las horas de almuerzo. Luisa también los notó, lo que demuestra que no eran alucinaciones mías. Imaginamos que ciertas personas habían descubierto nuestra investigación y estaban intentando averiguar nuestros resultados, por lo que decidimos continuar nuestros experimentos en casa y sólo utilizar los equipos de la universidad cuando fuese estrictamente necesario.
Fue en este periodo cuando Luisa quedó embarazada. Lo habíamos decidido así ya que estaríamos menos horas en el trabajo y podríamos dedicarnos a las labores hogareñas con más esmero. Le pedí a Luisa que, por seguridad del embarazo, se mantuviera al margen de mis experimentos en mis estudios del tiempo y estuvo de acuerdo. Pensé que alguna emisión electromagnética de los instrumentos al momento de invertir el giro subatómico podría afectarla, pero jamás pensé que el riesgo vendría más bien desde otras personas. Un día, en el correo de mi casa, apareció un papel impreso solo con las palabras We know about your secret experiments. Quit them. Pero me era imposible abandonar mis estudios ahora; necesitaba realizar una última prueba de inversión del tiempo. Ésta vez, con un ser vivo más grande que una flor.
Confiado en que el Viajante del Tiempo no sufriría daño en ningún aspecto, a los pocos meses manejé hasta el departamento de ciencias de la universidad con mi gata Voyage en su cama acolchada sobre el asiento trasero de mi auto. Una vez allá,  ingresé los datos necesarios al computador central de la sala aislada, coloqué a la gata al interior de la Cápsula y en ese momento comprendí que no había sido casualidad que ese animal haya aparecido unos meses antes en la puerta de nuestra casa. Mis últimos estudios me capacitaban para enviar Viajantes a un tiempo diferente, pero también para cambiar de lugar físico, y el lugar por defecto que tenía ingresado el computador en ese momento era la entrada de mi casa. El único problema era que, cambiando la ubicación del destino, no existía la posibilidad de viajar de regreso a nuestro tiempo real. Me despedí de la bella mascota y, sabiendo que en el pasado la reencontraríamos a la entrada de nuestra casa, la envié atrás en el tiempo a ese día en que la habíamos encontrado y adoptado. ¡Mis experimentos habían logrado resultados que cambiarían a la humanidad! Pero ¿estaría la humanidad preparada para conocer dichos resultados? Con mi mujer no estábamos tan seguros de ello. Por algún u otro motivo, cierta gente estaba intentando apoderarse de nuestros resultados por la fuerza. Eso nos quedó claro un día martes en que Luisa estaba sola en casa. Notó que un auto se detuvo afuera de la casa y se bajaron tres hombres vestidos de traje oscuro, tal como los que habíamos visto en la universidad. Caminaron hacia la entrada pero no golpearon la puerta principal, sino que comenzaron a recorrer el exterior de la casa. Luisa notó que algo malo podía suceder, así que se escondió en el cuarto subterráneo secreto en donde teníamos algunos instrumentos de experimentación. Desde el monitor que teníamos en el interior de ese cuarto conectados a las cámaras de la casa, Luisa vio cómo los tres hombres rompieron una ventana, entraron a la casa, destruyeron todo lo que encontraron al interior de las habitaciones y abrieron cada cajón de los muebles. Claramente buscaban algo puntual, pues no se llevaron nada, excepto un pequeño laptop que, en realidad, sólo ocupábamos para traspasar las fotos que tomábamos con la cámara digital.
Cuando regresé a casa, Luisa me contó lo sucedido y nos dimos cuenta que las amenazas ya se estaban volviendo serias. Ni pensar en qué nos harían si llegase a publicar mis resultados, los que yo ya había comenzado a escribir en un computador al interior del cuarto secreto de mi casa. Luisa estaba a punto de dar a luz, así que decidimos tomar medidas precautorias. Mientras duró el embarazo, no volví a realizar experimentos relacionados con el tiempo, nos mudamos a otro sector de la ciudad e intentamos cambiar un poco nuestra apariencia física para despistar a quienes nos seguían: yo me dejé crecer el pelo y la barba mientras que Luisa se tiñó el pelo negro.
El nacimiento de nuestro hijo, al que bautizamos como Carlos (como mis padres biológicos me habían llamado), fue una gran felicidad para ambos, incluso mayor que la experimentada por los resultados de nuestros estudios. Logré comprender que el mayor triunfo para la humanidad en términos temporales es la perduración de nuestra propia especie a través de nuestros hijos y que pasado y presente solo existen con el propósito de aportar conocimiento y bienestar para las futuras generaciones. Lamentablemente, no todos comprendían la felicidad de esa manera y el poder del Viaje en el Tiempo que yo había conseguido era más importante.
Nuestra felicidad como familia solo duró algunos días. Un viernes en la tarde, después de que casi todos los otros trabajadores se habían retirado del departamento, yo me encontraba solo analizando unos resultados en el computador de mi oficina en la universidad cuando sentí que golpearon la puerta. Me saqué los lentes, miré en dirección al pasillo y, sin abandonar mi asiento pregunté –¿Quién es?– pero solo hubo silencio de respuesta. Intrigado, me puse de pie y caminé hacia la puerta. No alcancé a llegar a ella, pues ésta se abrió violentamente desde afuera. En cosa de segundos vi un hombre de traje oscuro, una pistola apuntándome, un fogonazo amarillo-rojizo y, luego, mucho calor en mi cuello. El impulso me había tumbado en el piso de mi oficina. Sentí un terrible dolor y me toqué con mi mano derecha, la que inmediatamente quedó empapada en sangre. –¡The results! ¡¿Where are they?!– preguntó el tipo de traje oscuro. Con mi mano izquierda apunté el computador del escritorio y vi que la sangre ya teñía mi manga hasta la altura del codo. El matón tomó el computador y salió velozmente de la oficina. Nuevamente no tendrían lo que buscaban, pues los únicos resultados que había eran los de una nueva capa de trasparencia y otros estudios de la universidad. Mis anotaciones respecto al Viaje en el Tiempo estaban en mi mente. Con mi mano izquierda saqué mi celular del bolsillo, aunque no podía hablar bien llamé a Luisa, le pedí que viniera a la universidad y esperé sentado en el suelo de mi oficina. La casa a la cual nos habíamos mudado estaba cerca de la universidad, por lo que Luisa se demoró tan solo unos minutos en llegar a mi oficina. Vino con el pequeño Carlos en brazos. Al verme sangrar, dio un grito de terror como el que nunca había escuchado anteriormente. Traté de calmarla como pude, le pasé una de mis cotonas blancas para cubrir al niño y, sabiendo que el asesino volvería por mí o por Luisa luego de comprobar que en el computador no había nada de lo que buscaban, los llevé hasta la sala aislada, hice que entraran juntos en la Cápsula del Tiempo, ingresé la información necesaria en el computador central, me despedí de ellos a través del vidrio y los envié a un veinte de agosto, treinta y cinco años atrás. ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina?