martes, 26 de noviembre de 2013

Tarjeta adicional (cuento)

Tarjeta adicional ofrecida por el banco y que le otorgaría el doble de puntos al titular siempre que éste y el destinatario de ella tuviesen una buena relación.
Patricio Escobar


-Muy buenas tardes, soy Marcela, ejecutiva del Banco Horizonte. ¿Tengo el gusto de hablar con el señor Gustavo Salvatierra?
-Sip, con él.
-Muy buenas tardes, don Gustavo. ¿Como se encuentra hoy?
-En perfectas condiciones, señorita Marcela, y espero que usted se encuentre igual.
-Muchas gracias, don Gustavo. Efectivamente me encuentro muy bien.
-Me alegra saberlo.
-Don Gustavo. Lo llamo para informarle que el Banco Horizonte le hará entrega de una tarjeta de crédito adicional a la que posee y que podrá dar a quien usted quiera de su familia o conocidos. Con ella podrá acumular el doble de puntos en supermercados, grandes tiendas y kilómetros aéreos. Le cuento además, don Gustavo, que esta tarjeta viene con la última tecnología en seguridad al poseer un chip integrado que almacenará toda la información de las compras que se realicen con ella. Don Gustavo, solo necesito entonces que a continuación me dé la dirección de dónde le gustaría que le vayamos a dejar la tarjeta, puede ser en una dirección particular como también una comercial.
-Eh... De verdad está muy atractiva la oferta, señorita Marcela, pero lamentablemente no tengo a nadie a quien entregarle esa tarjeta, por lo que no estoy interesado por ahora.
-Pero don Gustavo, ¿de verdad no tiene a un amigo o hermano a quien entregarle la tarjeta? ¿Una polola... o pololo?
-Nopes. Muchas gracias por considerar que puedo ser homosexual, pero no lo soy. Y no, no tengo polola.
-¿...y su papá o su mamá?
-Muchas gracias por recordarlos, pero mi padre falleció hace tres años y mi mamá hace dos semanas.
-Oh.
-Sip. Como verá, estoy solo contra el mundo. Y, ahora que lo pienso, igual no soy tan mal partido. Soltero, sin hijos, profesional, con casa y auto, sin padres (por lo tanto, sin suegros para una posible novia), no tengo amigotes con los que salir a carretear y curarme... y feo no soy. Creo.
-Y joven, según lo que veo en sus datos.
-¿Más que usted?
-No. Usted es un poco mayor que yo, don Gustavo.
-Mhm.
-...
-¿Tiene pololo, señorita Marcela?
-Eh... no. Estoy soltera.
-¿Hijos?
-Quiero, en algún futuro no muy lejano.
-¿A que hora termina su turno, señorita Marcela?
-Hoy, a las ocho de la noche.
-Si la paso a buscar, ¿le gustaría ir a tomar algo?
-Je. Bueno.
-Muy bien. ¿Donde está su call center?
-598 de la calle Torrealba, en el sector oriente de la capital.
-Perfecto. La llamaré cuando esté afuera del edificio. Iré en mi auto, que es un station negro.
-Ok.
-Entonces, nos vemos en unas horas más, señorita Marcela.
-Nos vemos, don Gustavo.

         Gustavo y Marcela se juntaron esa noche a la salida del call center y se fueron a tomar unos tragos a un pub cercano. Conversaron hasta altas horas de la madrugada. Hablaron de sus gustos, hobbies, libros preferidos y bandas favoritas. Cuando el reloj marcó las tres de la mañana, Gustavo fue a dejar a Marcela a su casa en auto. Fue una muy buena primera cita. Al mes siguiente, Gustavo llamó a Marcela por teléfono y le ofreció la tarjeta de crédito adicional que el banco le había entregado. Dos meses después, Marcela llamaba a sus amigas y se refería a Gustavo como “pololo”. Al sexto mes, Gustavo pidió por teléfono a Marcela que se fuera a vivir con él en su departamento. Al octavo mes, llamaron a una persona que había publicado un aviso en Internet y adoptaron un pastor alemán al que bautizaron como Bruno. Al décimo mes, Gustavo habló con su ejecutiva, pidió un crédito, y compró un auto nuevo a nombre de Marcela. Al año siguiente, Gustavo le pidió matrimonio a Marcela por teléfono. Dos años más tarde, Marcela leyó un mensaje de texto en el celular de Gustavo mientras él se estaba duchando y supo que él tenía una amante. Tres años más tarde, Marcela llamó a Gustavo:

-¿Gustavo?
-Marcela.
-Te llamaba para coordinar la firma de los papeles de divorcio.
-Bien. Estaba esperando tu llamada. Yo puedo cualquier día y mi abogado también.
-Perfecto. Dejémoslo para el próximo miércoles a las 11 am en la oficina de mi abogada de avenida Constitución, ¿te parece?
-Sip. Ningún problema.
-Bien. Ah, a todo esto, Gustavo...
-Dime, Marcela.
-Por correo te mandé tu tarjeta de crédito adicional. No pienso seguir acumulándote puntos en tu club.
-Gracias.
-Que estés bien, Gustavo.
-Tu igual, Marcela.


sábado, 9 de noviembre de 2013

Oda a la inexperiencia (cuento)

Oda a la inexperiencia
Patricio Escobar


         Creo que nunca me lo había preguntado, pero me parece que la amaba porque se lavaba los dientes en las mañanas y después de comer. También porque colocaba un cara de gusto cuando comía sus platos favoritos. Al peinarse, lo hacía de manera que su peineta recorría el largo de su cabello, desde su cabeza hasta la punta de sus mechones. Me gustaba mirar su pelo de cerca. Cada uno de ellos era tan similar a una hebra de hilo de coser. Y su caminar... era tan único, colocando un pie primero y luego el otro, antes de volver a repetir el ciclo. Y siempre lo hacíamos por veredas, parques y escaleras de la ciudad. Cuando me tomaba la mano derecha, lo hacía con su mano izquierda y sus dedos ocupaban exactamente los espacios entre los míos; éramos tan complementarios. Tenía las manos frías, y a veces cálidas, dependiendo de qué tan cerca las tenía de una estufa o del agua caliente. Su piel era tan especial pues olía a jabón después de bañarse o a crema después de echarse. Sus ojos me miraban paralelos cuando estábamos de frente, y solo dejaban de mirar cuando pestañeaba o dormía. Cuando dormía, yo lograba escuchar su respiración... y todo su cuerpo se relajaba de manera horizontal, aunque a veces también sentada cuando se dormía en el sillón. Sus hombros eran únicos. Partían desde su cuello y caían como una delicada ladera hasta que comenzaban sus brazos. Ambos. Su sonrisa... casi siempre dejaba ver sus dientes al interior de su boca cuando sonreía, aunque otras veces sus labios solo hacían una curva hacia arriba en dirección a sus mejillas. Y cuando estaba triste, se le notaba en los ojos: usualmente miraba hacia abajo, o caían gotas que emanaban de sus lagrimales si la tristeza era mucha. También era misteriosa, porque lágrimas parecidas caían también cuando estaba muy alegre. Era tan especial. Hasta que me dí cuenta que todas las mujeres hacían exactamente lo mismo... y así sin más, la dejé de amar. O quizá nunca la amé. Ahora vivo con temor de no saber si lo que pueda sentir es amor, o simple inexperiencia. 


jueves, 10 de octubre de 2013

La chica de sus sueños (cuento)

La chica de sus sueños
Patricio Escobar


-No Mingo, tu papá no va a poder irte a buscar hoy porque está acompañando a tu tío en el médico.
-Mmm.
-Porque también podrías esperar hasta que se desocupara y de ahí te va a buscar.
-Ya mamá, no importa. Me voy en metro y en la plaza tomo un colectivo a la casa.
-Bueno hijo, pero se cuida harto.
-Si, no te preocupes. Chao.
-Chao Mingo. Anda con cuidado.
         Para Domingo no era muy cómodo moverse en el transporte público, especialmente por el problema en sus caderas que no le permitía caminar con normalidad. Sin embargo, ocasiones como ésta en que ni la colega que usualmente lo pasaba a dejar y buscar ni su papá estuvieran disponibles no pasaban siempre.
-Además, un cambio de rutina de vez en cuando no me vendrá mal.
         Se puso de pie. Se colocó la chaqueta de cotelé negra y la mochila con su tablet en la espalda. Caminó con su bastón por entre los pasillos del instituto en dirección a la salida que da al estacionamiento del mall, se despidió de las secretarias que a esa hora estaban de turno y de algunos alumnos que aun daban vueltas por el primer piso, atravesó lentamente las mamparas de vidrio y su cuerpo dio un repentino escalofrío por lo fresco de la tarde. Se detuvo un momento, se subió el cuello de la chaqueta y siguió caminando con los hombros algo levantados. Lamentó no tener un cigarrillo para palear un poco el frío mientras caminaba a la estación, pero solo hace poco se había puesto en campaña para dejar de fumar en pro de su salud y también de su bolsillo. Cruzó con lentitud los espacios libres entre los autos estacionados en el mall, siempre prestando atención al suelo donde se apoyaría a continuación para evitar pisar alguna piedra o basura y perder el equilibro.
-Ojalá no aparezca por aquí la Carla -pensó. -Estudia por aquí cerca, y no tengo ganas de sonreír hipócritamente ni aparentar querer saber de alguien que en realidad no me interesa. Si, podrá ser simpática y todo, pero no me gusta. Lo nuestro fue cosa de curaos no más. Esas cosas que te pasan en un carrete y que al otro día lamentas haber hecho cuando te despiertas.
         Unos minutos más tarde, llegó a la entrada de la estación de metro. Bajó por las escaleras mecánicas y cruzó entre los locales de wraps, revistas, fotos y estampados. Se detuvo unos segundos frente a la tabaquería, pero en ésta ocasión su fuerza de voluntad fue más fuerte y siguió caminando en dirección a las boleterías de la estación.
-¿Tendré carga en mi pase? -se preguntó. -Hace bastante tiempo que no la ocupo.
         Caminando entre un río de personas que, cuales autómatas, se movían sin prestar atención a su alrededor, se dirigió hasta los torniquetes de la entrada y acercó su tarjeta a un validador. Un único piteo del aparato indicó que tenía dinero suficiente para pagar el pasaje, así que avanzó por entre los brazos metálicos giratorios y después hacia el ascensor. Entró junto a un anciano y una mujer embarazada y bajaron hasta el andén del metro. Un minuto más tarde, luego de que una estudiante le diera el asiento preferencial en el carro al que se había subido, Domingo pensó en sacar de su mochila su libro de Bukowski para aprovechar el tiempo en leer hasta llegar a la estación en donde iba a bajarse. Un milímetro de mal cálculo espacial con el borde de la mochila y el libro terminó cayendo al piso del vagón, cerca de los pies de la persona sentada en frente. No alcanzó siquiera a mover a mochila que tenía en sus rodillas para agacharse, cuando vio que una delicada mano levantaba su libro y se lo entregaba de frente. Era la persona sentada frente a él: una muchacha joven de una abundante melena crespa, ojos oscuros y algo caídos, pero de una sonrisa amplia y sincera que dejaba ver en plenitud sus blancos dientes.
-Esa sonrisa -pensó Domingo. -¿Dónde la he visto antes? Una sonrisa así no se ve muy seguido. De hecho, en este carro (y me atrevería a decir que en todo el tren) no hay nadie que pueda estar sonriendo como ella. Sin duda es muy bonita.
-Toma, se te cayó el libro -dijo ella. -Bukowski... lo último que leí de él fue Escritos de un viejo indecente.
-Bonita... y además conoce a Bukowski. -pensó Domingo. Se tomó unos segundos para reaccionar y le dijo -Ah, si, muchas gracias. ¿No has leído Se busca una mujer?
-No, aún no. No me lo he conseguido.
-Yo lo tengo. Te lo recomiendo totalmente. De hecho, si lo anduviese trayendo ahora te lo daría porque es algo que no se debería tener simplemente guardado después de leer. Hay que compartirlo.
-Jajaj. Muchas gracias. Me llamo Marcela.
-Un gusto, Marcela. Yo soy Domingo. ¿Vivirás cerca mío como para pasarte el libro? Yo soy de Lo Prado.
-No poh Domingo. Vengo a ver a unos amigos de por acá. Yo vivo para el otro lado, en Las Condes.
-Ah. Que mal. Bueno, voy a andar trayendo el libro en mi mochila por si en algún momento de vuelvo a encontrar en el metro.
-Jajaja. Que erís buena onda.
-¿Trabajas en algo relativo a libros, o lees por gusto?
-No, yo estudio enfermería, pero me gusta leer en mi tiempo libre. Siempre ando con algo para leer de poesía o narrativa. Ahora ando con uno de Benedetti.
-Déjame adivinar... La Tregua.
-Siiii, es mi uno de mis favoritos. Ya lo he leído varias veces y no me canso. ¿Tu trabajas con libros?
-Se podría decir que si. Soy profe de literatura en la Universidad de las Antillas.
-Oh, que buena. ¿Y sólo lees o también escribes?
-Ehh, si, por ahí debo tener algunas cosas que escribí hace algún tiempo, pero nunca las publiqué. Ahora estoy más metido en pintar.
-Ya... ¿pintai?
-Estoy aprendiendo. Una vecina que es profe me está enseñando. Va una vez a la semana y me está enseñando distintas técnicas.
-Que entrete. Y dibujos ¿has intentado?.
-Si, de hecho ahora último ando pegado con unos dibujos en blanco y negro que son como ambiguos, con unas perspectivas súper raras o a veces imposibles de entender físicamente en la realidad. Me regalaron hace poco un libro con los dibujos y estampas de M.C...
-...Escher.
-¡Exacto!
-Siii, son muy raros sus dibujos. Me gustan harto. Que buena que conozcas los trabajos de Escher. Pocos de mis amigos lo han escuchado.
-Mis amigos tampoco lo conocen, salvo uno que otro. Oye y ¿son de por acá tus amigos? A lo mejor los conozco.
-Viven en Quinta Normal. Ahora voy a la casa de uno de ellos a un asado.
-Ah...
-¿Por qué la cara? ¿No te gustan los asados?
-No. De hecho, soy vegano.
-¿Pero lo hacís por que te hace mal o por los animales?
-Las dos cosas.
-Ahp. Pucha, yo respeto caleta a la gente que no come carne, pero me gusta tanto y con mis amigos siempre hacemos asados. Oye, y a parte de leer y pintar ¿Qué más haces en tu tiempo libre?
-Me gusta la música. Tengo algunos instrumentos en mi casa.
-Oh, que genial ¿Y qué música te gusta?
-Metal, Grunge, Rock en general para tocar. Un tiempo toqué hasta metal sinfónico.
-¿Onda Nightwish?
-Claaaro. Pero si me quiero relajar me pongo a escuchar Jazz y un vaso de Whisky con hielo.
-Pucha Mingo que tenís buen gusto. A mi me gusta harto la música, pero no toco ningún instrumento. Lo mío es la fotografía.
-Ah, ¿y tenís cámara?.
-Siii, me fascina mirar el mundo a través del lente.
-¿Y publicas tus fotos?
-Las subo a mi face, o las mando a concursos. Hace poco salió una mía en el diario en la noticia de unos ciclos de lectura gratuitos en los que estoy participando y que, a todo esto, te podrían interesar.
-¿Ciclos de lectura? Me interesa.
-Genial. De hecho la próxima lectura va a ser éste sábado en el parque Valdivia. Puedes buscarlos en face como Lectura Gratis. O también puedes agregarme y ahí te doy el link.
-Ya poh. Gracias. ¿Como te busco?
-Búscame por Marcy Spielmann.
-Spielmann. ¿Apellido alemán?
-Sip, descendiente. ¿Oye, y tu hacís clases por allá cerca del mall?
-Si, justamente.
-¿Y te mueves siempre por el metro? Lo digo por tu bastón.
-Ah, no. Hoy es un caso especial. Normalmente una amiga me lleva en auto.
-¿Amiga... amiga?
-Jajajja. Amiga no más. Estoy soltero de hace rato. ¿Y tu?
-¿Yo? Si. O sea, tengo pololo, pero...
-Ah... tiene pololo -pensó Mingo. -Todo lo maravilloso de esta chiquilla no podía ser perfecto así sin ninguna traba para mi. Me gusta, si, y es ultra simpática y bonita y sabe de hartas cosas que yo también y saca fotos.... pero tiene pololo. Y uno de mis principios es nunca fijarme en minas con pololo. Aunque... ¡momento! Dijo Pero al final. Ese Pero indica algo. Me parece que no está feliz. -Y mirando de frente le preguntó -¿Pero...?
-¿Pero qué? No, no sé. O sea, es que tengo pololo pero, no sé, nos vemos re poco. Y además como que no le gusta mucho carretear.
-¿O sea que no va a estar en el asado al que vai ahora?
-No, no le gusta mucho salir. Así como a hacer trekking, que me gusta harto, si me ha acompañado. O a andar en bici algunas veces. Pero así como cosas sociales es medio... ¿como decirlo?
-...¿fome?.
-Exacto.
-Pero lo importante es que tu estís feliz con él.
-Ehmm... Si... Lo que pasa es que estoy tan acostumbrada a como están las cosas ahora.
-Ahh -pensó Domingo mirando a Marcela mientras ésta observaba las luces azules del túnel pasar rápidamente afuera de la ventana. -Pucha, esta mina está aceptando su mala situación. Que mala onda. Sabe que no está completamente feliz con su pololo actual, pero no quiere hacer nada para cambiar las cosas. Se está conformando con lo que tiene, cuando podría tener mucho más. Yo le podría dar mucho más de lo que tiene, más carretes, más reuniones con amigos, más arte y literatura, más conversaciones profundas o ligeras según cómo se sienta, más... bueno, por mi cadera obviamente no le podría acompañar en trekkings o en cicletadas, pero hay tantas otras cosas que estoy seguro podrían hacerla más feliz.
         Continuó mirándola unos segundos, hasta que le dijo:
-Siempre se puede estar mejor. Es cosa de reírse más. Y tu tienes bonita sonrisa.
         Marcela sonrió, se sonrojó un poco y miró a Domingo.
-Me caíste súper bien, Mingo. Gracias. Erís súper simpático. Mucho más simpático que... ¡todos los pololos que ha tenido mi hermana! jajaja.
-Parece que igual le gusto, un poco que sea -pensó Domingo. -Al menos me dijo que le caía bien. Pucha. ¿Y si le gusto tanto como ella a mi? Sería ultra mala onda de su parte que le guste y me friendzonee. El problema es... ella no se va a atrever a hacer nada para cambiar su situación actual. O al menos no lo va a hacer sin saber que lo que va a ganar es mejor que lo que va a perder antes. Pero yo tampoco voy a hacer nada, porque ella está pololeando y nunca armaría problemas entre una pareja. ¿Qué me queda? ¿Esperar que los planetas se alineen y el loco termine con la Marce? Tendría que ser muy tonto pa’ terminar con ella, si es casi perfecta. Si no fuera por él... Ya, y poniéndonos en el caso de que yo me atreviera a decirle algo a ella... a lo mejor es todo rollo mío y ni siquiera le gusto y echaría a perder una posible bonita amistad. Porque por mucho que uno sea adulto, esas cosas pasan. Y puede que hasta nunca más me vuelva a hablar. Se sentiría rara siendo mi amiga después de haberle dicho que me gustaba. No podría seguir siendo mi amiga. Yo, su amigo, sí. ...aunque no es sólo amistad lo que me gustaría de ella.
         Y en ese momento pasó algo mágico.
-¿Mingo? -dijo Marcela.
-¿Si?
-Si yo te dijera que lo que estoy pensando en este momento es una situación en la que nunca pasaría nada porque ninguna de las dos partes se atrevería a algo ¿entenderías a lo que me refiero?
-Si. Y si yo te dijera que una muy buena solución, aunque arriesgada, podría ser que ambas partes dijeran al mismo tiempo lo que quieren decir. ¿Qué te parecería?
-Me parecería una excelente idea.
.
..
...
-ME GUSTAS me gustas PERO TENDRÍA PRIMERO pero no te puedo decir nada QUE TERMINAR CON MI porque estás pololeando POLOLEO FOME ACTUAL aunque tu PARA INTENTAR sabes que ALGO NUEVO no eres feliz con él CONTIGO Y PARA ESO pero yo pondría NECESITO SABER SI todo mi esfuerzo TE ESFORZARÍAS EN HACERME en hacerte MUCHO MAS FELIZ mucho más feliz.

-¿Hola? ¿Hooola? ¿Estai bien? Toma, se te cayó el libro -dijo la chica del asiento del frente mientras le estiraba el brazo entregándole su Bukowski.
-Ah, vale, gracias -le respondió al mismo tiempo que lo recibía con su mano izquierda y luego abrió el libro en donde estaba el separador de hojas con imágenes egipcias para comenzar a leer.
         Segundos más tarde, entrando a la siguiente estación, la muchacha se puso de pie, caminó hacia la puerta del vagón que estaba detrás de Domingo, le tocó su hombro derecho y dijo:
-Cuídate Mingo. Nos vemos el sábado.



lunes, 7 de octubre de 2013

La caída (cuento)

La caída
Patricio Escobar

- Yo estuve ahí.
- ¿En serio, tatita?
- Si, mijita. Estaba sentado aquí mismo cuando el pantalón cayó desde esa cuerda de allí arriba.
- ¿Y no vio quién lo botó?
- No, mi niño. No lo botó nadie. Se cayó solito.
- Pero tata. ¿cómo se va a caer solo?
    Los tres hermanos miraban asombrados a su abuelo, quien inesperadamente revelaba este gran secreto. El anciano, de casi ochenta años de edad, había llegado al país cuando aun era adolescente directo desde el otro lado del mundo. Su cara, llena de surcos pero siempre sonriente, demostraba que estaba feliz con lo logrado en su vida. Sus ojos de color celeste brillaban cada vez que compartía un momento con sus tres nietos. Llevaba una camisa celeste a cuadros y mangas cortas, un pantalón de tela color claro y su característico jockey beige. Estaba sentado a la sombra en su banquito de madera sobre el que colocaba un par de diarios doblados y un delgado cojincito de esponja para hacerlo un poco más blando. Frente a sus cortas y arqueadas piernas, en el suelo, el regordete nieto con corte de pelela y uniforme escolar lo miraba con los puños en el mentón. De pie, apoyada en uno de los pilares de metal negro que afirmaba pequeño techo de plástico amarillo semi-transparente, la quinceañera y vanidosa nieta mayor de pelo muy crespo y ojos gruesamente delineados. Sentado en su rodilla izquierda y abrazado a su cuello, el pequeño y delgadísimo nieto menor, cuya frente mostraba un gran chichón que su madre había cubierto horas antes con pasta de dientes para que se sintiese más fresco.
- Se cayó solito, Pipe. Me acuerdo clarito que su tía lo había colgado junto con unas camisas afirmado con unos perros de madera -dijo apuntando con su mano derecha al cordel que iba de un extremo a otro del jardín, bajo el parrón del frente de la casa.
- Yo estaba aquí leyendo el diario y aplastando una que otra mosca con un matamoscas de plástico. De pronto sentí un pequeño ruido y vi así como en cámara lenta que el pantalón se arrugaba al chocar contra el suelo.
         Al decir esto, con su mano abierta hizo el gesto del pantalón cayendo al suelo. El movimiento hizo que unos pocos pelos cortitos de su barba rozaran la mejilla del nieto que tenía en su rodilla y éste se rascó.
- Pero tatita, si usted era de esa época y otra gente también ¿por qué nadie hizo nada para evitarlo?
- La verdad, Carlita, no había manera de saber que algo así iba a pasar. Yo siempre leía los diarios y tu tía veía las noticias en la tele a la hora de almuerzo, pero decían que todo estaba bien.
- La caída del pantalón es algo de lo que todavía se habla en el colegio. Si hasta parece que el próximo semestre vamos a verlo.
- Si poh, si yo me acuerdo que lo vi en mi curso con el profe Luciano.
- Jejeje. ¿Y se imaginaron que su tata estuvo justo en ese momento?
- Para nada.
- ¿Y qué pasó después, tatita?
- Bueno, como yo era el único que había notado la caída en el instante, me puse de pie, dejé el matamoscas en el banquito, me acerqué al pantalón y lo vi. Ahí estaba, arrugado en el suelo. Oscuro por la humedad en la parte de arriba, pero por las orillas ya se dejaba ver que por abajo estaba empolvado. Incluso noté que aún estaban puesto los perros de madera a la altura de las caderas.
- ¿Los perros quedaron puestos en el pantalón?
- Sip. Los dos, cerraditos, en el lugar original. -Los tres chiquillos seguían con la vista los movimientos de las añosas manos del anciano. -Miré alrededor y, como seguía siendo el único, me agaché y tomé el pantalón con mis propias manos.
- ¿Y como estaba? -preguntó Pipe, intrigadísimo.
- Mojado. Y embarrado por abajo.
     Hubo, entonces, una pequeña pausa silenciosa por la emoción y el asombro. Luego, el abuelo continuó:
- Fue entonces cuando apareció su tía, su mamá y unas vecinas y se llevaron el pantalón para adentro.
- Tatita... ¡y más encima usted fue el primero en tomar el pantalón después de caído!
- Sip. Pero es mejor así, que no se supiera. No me hubiesen dejado estar tranquilo en todo este tiempo.
- Oiga tata. Y ahora que nos contó, ¿puedo decirlo en el colegio cuando nos toque pasar la caída del pantalón?
- Jejeje. Pero claro, mijito. Aunque de todas maneras no le van a creer.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Separadores (cuento - falso texto informativo)

Separadores
Patricio Escobar


Muertos y heridos por los “Separadores”.

Santiago, 21 de Agosto de 2013. 108 muertos y más de 2300 heridos deja como saldo el primer día de los “separadores” del transcapital: barras de acero que se dejan caer desde el techo hasta la división de los asientos en los buses. La medida, impuesta por el ministerio de transportes e implementada ayer en 2 de las 5 líneas de buses de la ciudad, busca reducir el contacto físico entre los pasajeros del sistema de transporte público y así apoyar al nuevo programa gubernamental “Solito, más rico”. Los principales afectados por los “separadores” corresponden a guatones, viejas con guaguas, Hagrid, vaqueros y gángsters de terno a rayas. Autoridades se encuentran en estos momentos evaluando la continuidad de los “separadores” además de la futura puesta en marcha de los “decapitadores”: cuchillas que cortan las cabezas de los señores flaytes que escuchen música con sus celulares y no usen audífonos.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Mascota medicinal (cuento)


Mascota Medicinal
Patricio Escobar
A Natalia Tranchino, amiga y autora contemporánea.

          Hoy, una muy buena amiga esta de cumpleaños. Facebook me lo había recordado (siempre he sido malo para las fechas) así que me propuse buscarle algún regalo que le gustara (siempre he sido malo para escoger regalos). Como primera opción pensé en ir al mall. Recorrí muchas tiendas, pero no pude encontrar nada que mi mente conectara de manera automática a la imagen de mi colega. Los supermercados también son buena opción, así que fui al que tiene nombre de santa para ver si encontraba algún disco de Los Huasos Pepepatos, pero nada. Como mi polola también se llama Natalia, se me ocurrió pedirle un consejo en caso que sus nombres iguales no hayan sido una simple coincidencia y se haya producido por un alineamiento interestelar de manera que sus gustos y pensamientos tuviesen una conección mística, pero no se le ocurrió nada. Pensé en algo italiano por su apellido o algo de ropa que no sea producido en masa, pero no pude. Un libro, si, era buena idea, pero no conocía su colección para ver qué es lo que le hacía falta. La fecha ya estaba cerca y yo entraba lentamente en desgracia cuando por chances de la vida pasé en micro frente a la veterinaria Medical Pet en avenida Atenas, camino a la universidad en donde habíamos estudiado. Medical Pet. “Linda la cuestión” pensé. “Siempre me he imaginado algún tipo de animal que cura enfermedades y malestares cuando, no sé, te lo frotas por la zona afectada de tu cuerpo o, peor, le sacas un poco de su pelaje y te haces un mate con él. Ni hablar de la crema que te podrías hacer con sus secreciones”. Entonces se me ocurrió: me bajé en el paradero siguiente, caminé de regreso hacia la veterinaria y le tomé una foto al cartel con el nombre agramatical con intenciones de hacerlo póster, completamente seguro que mi ex-compañera de estudios gozaría de la “absurdidez” del nombre tanto como yo. Pero nunca sospeché que lo verdaderamente absurdo me esperaba a continuación. Desde el exterior de la veterinaria divisé, hacia su interior, una serie de personas vestidas con ropas púrpura y que movían sus brazos en el aire de manera alocada. Pensé que alguien podría estar en problemas y, como la curiosidad siempre me ha caracterizado, entré por la puerta y dije “¿que sucede?”. El grupo de personas con túnicas moradas se giró hacia mí y me dijeron a coro “It's the final countdown!”. Quise rascarme la cabeza para demostrar físicamente mi incomprensión de la situación, pero en vez de cabeza encontré mi rodilla. De todas maneras me rasqué pues sentía picazón en la pierna completa y, mientras lo hacía, desde el centro del grupo apareció una pequeña ardilla que caminó hacia mí y me dijo “Abachooo”. Tan pronto abracé a la mascota, la picazón de mi pierna desapareció, la uña encarnada de mi pie derecho hizo retiro del espacio de carne que ocupaba y el cáncer que me produjo Gary Medel con su video de reggetón fue milagrosamente erradicado de mi cuerpo. Luego del shock que me produjo la sanación instantánea, miré la etiqueta que se arrastraba desde la pata izquierda de la ardilla y noté su precio. Antes de cruzar la mampara de vidrio para salir a la calle, las personas con túnicas me dijeron “arrivederci signore Peppino!” hasta que senti la luz del sol en mi cara.
        Si, un pequeño cuento que mezcle lugarescomunes y elementos absurdos será buen saludo en su cumpleaños.


viernes, 3 de mayo de 2013

Testigo (cuento)


Testigo
Patricio Escobar

Era domingo y como no tenía nada más que hacer me dirigí al parque junto al rio. Al llegar, me senté en uno de los bancos, bajo la sombra de un árbol, y comencé a mirar a la gente. Había, entre otros, un grupo de muchachos de ropa deportiva con muchos perros de distintas razas. Todos esos animales tenían sus correas al cuello y se notaban muy sanos por como corrían y jugaban. Los muchachos conversaban todos alegremente en grupo a la vez que observaban a los canes. Todos, excepto un joven que estaba alejado del círculo y miraba de reojo a una de las muchachas del grupo.
–Ni siquiera me gustan los perros. Estoy aquí sólo para poder estar cerca de la “Marcela” –me lo imaginé diciendo.
En otro lado del parque, por la orilla en las pistas de tierra, había una pareja de muchachos en bicicletas. La niña de ojos claros se movía perfectamente pedaleando velozmente de un lado a otro, mientras que el joven se tambaleaba y no aguantaba más de un par de segundos sobre las dos ruedas. La muchacha con voz alegre lo incentivaba a seguir adelante, a que siguiese intentando mantener el equilibrio y pedalear al mismo tiempo. Pero el chiquillo, con un pie apoyado en el suelo y las manos en el manubrio, se notaba cansado y serio. Tenía expresión de decir –¡Qué vergüenza estar haciendo esto! Ya estoy viejo para recién estar aprendiendo a andar en bicicleta.
Hacia mi izquierda vi un grupo de chiquillos sentados en círculo en el pasto. Uno de ellos tenía una guitarra y tocaba canciones mientras los demás tomaban jugos Kapo. Escuché a dos de las chiquillas pedirle canciones al de la guitarra, pero éste les respondió que no se las sabía.
–Pucha, siempre quedo mal parado frente a ellas. Nunca me sé las canciones que me piden –debe haber pensado.
Llegó también al parque en ese momento otra pareja de jóvenes. La niña era morena, de pelo negro y largo, de cuerpo ágil y delgado, como si hiciera deportes frecuentemente; el muchacho era de pelo y tez clara, también delgado. La chiquilla estiró una especie de chal a cuadros sobre el pasto y se sentó. El joven se sacó la mochila de la espalda y se estiró también sobre el chal. Ambos dieron profundos suspiros y comenzaron a mirar las hojas de los árboles.
–No hay otro lugar en el que quisiera estar en este momento –era lo que parecían haber estado pensando.
A mi derecha pasó un tipo con ropa deportiva trotando y escuchando música desde un reproductor que llevaba afirmado en su antebrazo. Llevaba el paso como si fuese escuchando Take a chance on me de Erasure, aunque colocaba su cara seria como de ser fan de Led Zeppelin. A lo lejos escuché un vendedor ambulante ofreciendo helados a viva voz. Metí mi mano al bolsillo para ver si tenía monedas y comprar un helado cuando el vendedor pasara cerca de mí.
Ladridos, muchos ladridos. Giré mi cabeza y vi que dos de los perros del grupo salieron persiguiendo al tipo que pasó corriendo. Éste se asustó y se detuvo por unos segundos, hasta que la “Marcela” se separó del grupo y fue a buscar a los perros.
–¡Ése era el momento poh, “Juanito”! La “Marcela” estaba sola, lejos
del grupo. Podrías haber ido ahí y conversarle –pensé, pero el muchacho que la miraba de reojo no se movió. Solo la miró como regresaba con los dos perros y después dejó caer su cabeza como diciendo –debí haber aprovechado ese momento para ir a hablar con ella. 
El corredor siguió trotando y pasó al lado de los ciclistas, quienes continuaban en su trabajo. La muchacha de ojos claros seguía arengando a su compañero y éste ya duraba un poco más de dos segundos pedaleando.
–¿Qué habrá sido, a todo esto, de mi primera bicicleta? Era una cosa amarilla y chica. Probablemente mis papás la botaron cuando ya no me servía.
El muchacho de pelo claro se paró del chal a cuadros y mientras se sacudía la ropa le decía algo a la chiquilla de pelo negro.
–Tengo que ir a comprar. Vuelvo al tiro –debe haberle dicho, ya que inmediatamente se agachó, le dio un beso y salió caminando lejos
del parque. Ella quedó ahí, acostada en el chal a cuadros.
–Heladoooo. Pa’ la se’, pa’ la calor. Piña, Chirimolla, Mora, Mustan’, Yiro, heladoooo –escuché ya más cerca, así que tomé los doscientos pesos que tenía en mi bolsillo para cuando apareciera el vendedor.
–¡Bien, dale, dale! –Le gritó la niña de los ojos claros a su compañero en la bicicleta. Éste avanzó unos cuantos metros antes de perder el equilibro y apoyarse con su pie derecho en tierra. Sin duda estaba progresando. –¿Viste que se puede? –le debe haber dicho la muchacha cuando él se acercó caminando con la bicicleta al lado.
Los del grupo sentados en el pasto comenzaron a cantar It’s my life de Bon Jovi. Todos cantaban animosamente y el de la guitarra tenía una expresión como de estar pensando –por fin le achunté a una canción que todos se supieran.
–Son jóvenes po’ “Luchito”. Tócate un tema de ahora y todos se la van a saber. Temas antiguos es muy difícil que todos se lo sepan y, si querís quedar
como rey ante las chiquillas, apréndete temas románticos –pensé.
–Heladoooo. Pa’ la se’, pa’ la calor. 
Por fin llegó el vendedor. Levanté la mano y se me acercó. Abrió su caja de plumavit y le pedí uno de mora. A penas le pagué, el vendedor cerró la caja y siguió su recorrido por el parque. La “Julieta” seguía acostada sola en el chal a cuadros. “Romeo” aún no volvía. Quizá qué habrá ido a comprar.
–¡Dale Pablo, no perdai el equilibrio! –dijo la de los ojos claros, mientras el chiquillo agarró velocidad sobre su bicicleta. Aguantó tanto que llegó hasta donde estaban los perros. Éstos salieron corriendo persiguiendo a la bicicleta y todos los con ropa deportiva fueron a buscarlos, dejando sola a la “Marcela” quien tenía un perro afirmado de la correa.
–¡Ahí poh Juanito! –pensé. Y efectivamente el chiquillo se acercó a la “Marcela” a conversarle. Debe haberle dicho algo
como –Hola Marce, ¿Cómo estai? ¿Hace cuánto que estai en este grupo cuidando perros? –Y la “Marcela” parece que también le gustaba el “Juanito” porque se puso media colorada.
–Esa tampoco me la sé, pero, a ver, déjame sacarla de oído –dijo el de la guitarra en el grupo, y empezó a cantar –Noviembre sin ti, es sentir que la lluuuvia me dice llorando que todo acabó.
–¡Bien Luchito! Ése es el truco. Vas a quedar
como rey –pensé.
Pablo volvía caminando con la bicicleta al lado y su amiga de los ojos claros estaba con una sonrisa de oreja a oreja. El muchacho debe haberle dicho algo como –“Nati”, pa’ la otra vamos a ir a un lugar sin perros –y ambos se echaron a reír.
Yo mientras tanto había abierto mi helado de mora y comenzaba a comerlo cuando busqué con la vista al vendedor de helados para ver cuánto había avanzado. Estaba como a media cuadra de distancia y detrás de él iba el “Juanito” junto a la “Marcela” y dos perros afirmados de las correas. El “Juanito” llamó al heladero y le compró dos helados. Uno se lo pasó a la “Marcela”.
–¡Muy bien, campeón! La hiciste –dije. –Igual que el de la guitarra, que hasta aplausos sacó cuando terminó de tocar Noviembre sin ti de Reik para las chiquillas, las que ya lo miraban con otros ojos. Los muchachos de su grupo también lo miraban distinto ahora, pero con envidia. Más de alguno debe haber pensado –me voy a poner a aprender guitarra también.
–¿Y “Julieta”? ¿Habrá vuelto su “Romeo”? –pensé, así que miré hacia donde estaba el chal a cuadros estirado en el
pasto, y vi que la chiquilla estaba dándole un beso a un muchacho que estaba junto a ella.
–Ah, sí, ya volvió. –dije. –Pero… ¿el pololo no tenía el pelo claro? Éste tiene pelo oscuro.
Los de las bicicletas pasaron ambos andando frente a mí. La chiquilla sin duda tenía mucha práctica, pero el muchacho que recién había aprendido lo hacía tambaleante aún. Los seguí con la vista hasta que salieron del parque y doblaron por una esquina. En esa misma esquina se detuvo una micro y por la puerta trasera se bajó el “Romeo”, el verdadero, el de pelo claro. Venía con la cara sonriente y traía en sus manos unos libros. Corrió en dirección al parque, pero se detuvo en seco cuando vio la escena que había sobre el chal a cuadros. Su cara se transformó. Soltó los libros. Lo vi caer sentado en el pasto, con rostro de sorpresa e incredulidad. El chiquillo de pelo oscuro que besaba a la chiquilla miró al joven rubio y salió corriendo por el parque. La muchacha se dio vuelta, miró al “Romeo” y se puso de pie. Intentó acercarse para decirle algo, pero cada vez el muchacho rubio se alejaba caminando hacia atrás. La niña, al ver que el joven no quería siquiera escucharla, volvió al chal, de la mochila tomó un lápiz y escribió algo en un papel, el que dejó en el pasto. Cabizbaja, se dio media vuelta y se alejó caminando por el parque. El muchacho, aun con cara de no creer lo que acababa de pasar, se puso de pie, caminó hacia el chal, tomó el papel y lo leyó. Sus manos temblaban. Se sentó en el pasto y comenzó a llorar de una manera que hasta las piedras se ablandarían. Aun cuando mi mente logra crear muchas cosas, nunca he podido imaginarme lo que ese papel decía. No sé. Quizá mi mente no quiere llegar a comprender que las únicas personas que parecían felices al principio de esa visita al parque fueron las únicas que terminaron mal.