lunes, 30 de septiembre de 2013

Separadores (cuento - falso texto informativo)

Separadores
Patricio Escobar


Muertos y heridos por los “Separadores”.

Santiago, 21 de Agosto de 2013. 108 muertos y más de 2300 heridos deja como saldo el primer día de los “separadores” del transcapital: barras de acero que se dejan caer desde el techo hasta la división de los asientos en los buses. La medida, impuesta por el ministerio de transportes e implementada ayer en 2 de las 5 líneas de buses de la ciudad, busca reducir el contacto físico entre los pasajeros del sistema de transporte público y así apoyar al nuevo programa gubernamental “Solito, más rico”. Los principales afectados por los “separadores” corresponden a guatones, viejas con guaguas, Hagrid, vaqueros y gángsters de terno a rayas. Autoridades se encuentran en estos momentos evaluando la continuidad de los “separadores” además de la futura puesta en marcha de los “decapitadores”: cuchillas que cortan las cabezas de los señores flaytes que escuchen música con sus celulares y no usen audífonos.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Mascota medicinal (cuento)


Mascota Medicinal
Patricio Escobar
A Natalia Tranchino, amiga y autora contemporánea.

          Hoy, una muy buena amiga esta de cumpleaños. Facebook me lo había recordado (siempre he sido malo para las fechas) así que me propuse buscarle algún regalo que le gustara (siempre he sido malo para escoger regalos). Como primera opción pensé en ir al mall. Recorrí muchas tiendas, pero no pude encontrar nada que mi mente conectara de manera automática a la imagen de mi colega. Los supermercados también son buena opción, así que fui al que tiene nombre de santa para ver si encontraba algún disco de Los Huasos Pepepatos, pero nada. Como mi polola también se llama Natalia, se me ocurrió pedirle un consejo en caso que sus nombres iguales no hayan sido una simple coincidencia y se haya producido por un alineamiento interestelar de manera que sus gustos y pensamientos tuviesen una conección mística, pero no se le ocurrió nada. Pensé en algo italiano por su apellido o algo de ropa que no sea producido en masa, pero no pude. Un libro, si, era buena idea, pero no conocía su colección para ver qué es lo que le hacía falta. La fecha ya estaba cerca y yo entraba lentamente en desgracia cuando por chances de la vida pasé en micro frente a la veterinaria Medical Pet en avenida Atenas, camino a la universidad en donde habíamos estudiado. Medical Pet. “Linda la cuestión” pensé. “Siempre me he imaginado algún tipo de animal que cura enfermedades y malestares cuando, no sé, te lo frotas por la zona afectada de tu cuerpo o, peor, le sacas un poco de su pelaje y te haces un mate con él. Ni hablar de la crema que te podrías hacer con sus secreciones”. Entonces se me ocurrió: me bajé en el paradero siguiente, caminé de regreso hacia la veterinaria y le tomé una foto al cartel con el nombre agramatical con intenciones de hacerlo póster, completamente seguro que mi ex-compañera de estudios gozaría de la “absurdidez” del nombre tanto como yo. Pero nunca sospeché que lo verdaderamente absurdo me esperaba a continuación. Desde el exterior de la veterinaria divisé, hacia su interior, una serie de personas vestidas con ropas púrpura y que movían sus brazos en el aire de manera alocada. Pensé que alguien podría estar en problemas y, como la curiosidad siempre me ha caracterizado, entré por la puerta y dije “¿que sucede?”. El grupo de personas con túnicas moradas se giró hacia mí y me dijeron a coro “It's the final countdown!”. Quise rascarme la cabeza para demostrar físicamente mi incomprensión de la situación, pero en vez de cabeza encontré mi rodilla. De todas maneras me rasqué pues sentía picazón en la pierna completa y, mientras lo hacía, desde el centro del grupo apareció una pequeña ardilla que caminó hacia mí y me dijo “Abachooo”. Tan pronto abracé a la mascota, la picazón de mi pierna desapareció, la uña encarnada de mi pie derecho hizo retiro del espacio de carne que ocupaba y el cáncer que me produjo Gary Medel con su video de reggetón fue milagrosamente erradicado de mi cuerpo. Luego del shock que me produjo la sanación instantánea, miré la etiqueta que se arrastraba desde la pata izquierda de la ardilla y noté su precio. Antes de cruzar la mampara de vidrio para salir a la calle, las personas con túnicas me dijeron “arrivederci signore Peppino!” hasta que senti la luz del sol en mi cara.
        Si, un pequeño cuento que mezcle lugarescomunes y elementos absurdos será buen saludo en su cumpleaños.


viernes, 3 de mayo de 2013

Testigo (cuento)


Testigo
Patricio Escobar

Era domingo y como no tenía nada más que hacer me dirigí al parque junto al rio. Al llegar, me senté en uno de los bancos, bajo la sombra de un árbol, y comencé a mirar a la gente. Había, entre otros, un grupo de muchachos de ropa deportiva con muchos perros de distintas razas. Todos esos animales tenían sus correas al cuello y se notaban muy sanos por como corrían y jugaban. Los muchachos conversaban todos alegremente en grupo a la vez que observaban a los canes. Todos, excepto un joven que estaba alejado del círculo y miraba de reojo a una de las muchachas del grupo.
–Ni siquiera me gustan los perros. Estoy aquí sólo para poder estar cerca de la “Marcela” –me lo imaginé diciendo.
En otro lado del parque, por la orilla en las pistas de tierra, había una pareja de muchachos en bicicletas. La niña de ojos claros se movía perfectamente pedaleando velozmente de un lado a otro, mientras que el joven se tambaleaba y no aguantaba más de un par de segundos sobre las dos ruedas. La muchacha con voz alegre lo incentivaba a seguir adelante, a que siguiese intentando mantener el equilibrio y pedalear al mismo tiempo. Pero el chiquillo, con un pie apoyado en el suelo y las manos en el manubrio, se notaba cansado y serio. Tenía expresión de decir –¡Qué vergüenza estar haciendo esto! Ya estoy viejo para recién estar aprendiendo a andar en bicicleta.
Hacia mi izquierda vi un grupo de chiquillos sentados en círculo en el pasto. Uno de ellos tenía una guitarra y tocaba canciones mientras los demás tomaban jugos Kapo. Escuché a dos de las chiquillas pedirle canciones al de la guitarra, pero éste les respondió que no se las sabía.
–Pucha, siempre quedo mal parado frente a ellas. Nunca me sé las canciones que me piden –debe haber pensado.
Llegó también al parque en ese momento otra pareja de jóvenes. La niña era morena, de pelo negro y largo, de cuerpo ágil y delgado, como si hiciera deportes frecuentemente; el muchacho era de pelo y tez clara, también delgado. La chiquilla estiró una especie de chal a cuadros sobre el pasto y se sentó. El joven se sacó la mochila de la espalda y se estiró también sobre el chal. Ambos dieron profundos suspiros y comenzaron a mirar las hojas de los árboles.
–No hay otro lugar en el que quisiera estar en este momento –era lo que parecían haber estado pensando.
A mi derecha pasó un tipo con ropa deportiva trotando y escuchando música desde un reproductor que llevaba afirmado en su antebrazo. Llevaba el paso como si fuese escuchando Take a chance on me de Erasure, aunque colocaba su cara seria como de ser fan de Led Zeppelin. A lo lejos escuché un vendedor ambulante ofreciendo helados a viva voz. Metí mi mano al bolsillo para ver si tenía monedas y comprar un helado cuando el vendedor pasara cerca de mí.
Ladridos, muchos ladridos. Giré mi cabeza y vi que dos de los perros del grupo salieron persiguiendo al tipo que pasó corriendo. Éste se asustó y se detuvo por unos segundos, hasta que la “Marcela” se separó del grupo y fue a buscar a los perros.
–¡Ése era el momento poh, “Juanito”! La “Marcela” estaba sola, lejos
del grupo. Podrías haber ido ahí y conversarle –pensé, pero el muchacho que la miraba de reojo no se movió. Solo la miró como regresaba con los dos perros y después dejó caer su cabeza como diciendo –debí haber aprovechado ese momento para ir a hablar con ella. 
El corredor siguió trotando y pasó al lado de los ciclistas, quienes continuaban en su trabajo. La muchacha de ojos claros seguía arengando a su compañero y éste ya duraba un poco más de dos segundos pedaleando.
–¿Qué habrá sido, a todo esto, de mi primera bicicleta? Era una cosa amarilla y chica. Probablemente mis papás la botaron cuando ya no me servía.
El muchacho de pelo claro se paró del chal a cuadros y mientras se sacudía la ropa le decía algo a la chiquilla de pelo negro.
–Tengo que ir a comprar. Vuelvo al tiro –debe haberle dicho, ya que inmediatamente se agachó, le dio un beso y salió caminando lejos
del parque. Ella quedó ahí, acostada en el chal a cuadros.
–Heladoooo. Pa’ la se’, pa’ la calor. Piña, Chirimolla, Mora, Mustan’, Yiro, heladoooo –escuché ya más cerca, así que tomé los doscientos pesos que tenía en mi bolsillo para cuando apareciera el vendedor.
–¡Bien, dale, dale! –Le gritó la niña de los ojos claros a su compañero en la bicicleta. Éste avanzó unos cuantos metros antes de perder el equilibro y apoyarse con su pie derecho en tierra. Sin duda estaba progresando. –¿Viste que se puede? –le debe haber dicho la muchacha cuando él se acercó caminando con la bicicleta al lado.
Los del grupo sentados en el pasto comenzaron a cantar It’s my life de Bon Jovi. Todos cantaban animosamente y el de la guitarra tenía una expresión como de estar pensando –por fin le achunté a una canción que todos se supieran.
–Son jóvenes po’ “Luchito”. Tócate un tema de ahora y todos se la van a saber. Temas antiguos es muy difícil que todos se lo sepan y, si querís quedar
como rey ante las chiquillas, apréndete temas románticos –pensé.
–Heladoooo. Pa’ la se’, pa’ la calor. 
Por fin llegó el vendedor. Levanté la mano y se me acercó. Abrió su caja de plumavit y le pedí uno de mora. A penas le pagué, el vendedor cerró la caja y siguió su recorrido por el parque. La “Julieta” seguía acostada sola en el chal a cuadros. “Romeo” aún no volvía. Quizá qué habrá ido a comprar.
–¡Dale Pablo, no perdai el equilibrio! –dijo la de los ojos claros, mientras el chiquillo agarró velocidad sobre su bicicleta. Aguantó tanto que llegó hasta donde estaban los perros. Éstos salieron corriendo persiguiendo a la bicicleta y todos los con ropa deportiva fueron a buscarlos, dejando sola a la “Marcela” quien tenía un perro afirmado de la correa.
–¡Ahí poh Juanito! –pensé. Y efectivamente el chiquillo se acercó a la “Marcela” a conversarle. Debe haberle dicho algo
como –Hola Marce, ¿Cómo estai? ¿Hace cuánto que estai en este grupo cuidando perros? –Y la “Marcela” parece que también le gustaba el “Juanito” porque se puso media colorada.
–Esa tampoco me la sé, pero, a ver, déjame sacarla de oído –dijo el de la guitarra en el grupo, y empezó a cantar –Noviembre sin ti, es sentir que la lluuuvia me dice llorando que todo acabó.
–¡Bien Luchito! Ése es el truco. Vas a quedar
como rey –pensé.
Pablo volvía caminando con la bicicleta al lado y su amiga de los ojos claros estaba con una sonrisa de oreja a oreja. El muchacho debe haberle dicho algo como –“Nati”, pa’ la otra vamos a ir a un lugar sin perros –y ambos se echaron a reír.
Yo mientras tanto había abierto mi helado de mora y comenzaba a comerlo cuando busqué con la vista al vendedor de helados para ver cuánto había avanzado. Estaba como a media cuadra de distancia y detrás de él iba el “Juanito” junto a la “Marcela” y dos perros afirmados de las correas. El “Juanito” llamó al heladero y le compró dos helados. Uno se lo pasó a la “Marcela”.
–¡Muy bien, campeón! La hiciste –dije. –Igual que el de la guitarra, que hasta aplausos sacó cuando terminó de tocar Noviembre sin ti de Reik para las chiquillas, las que ya lo miraban con otros ojos. Los muchachos de su grupo también lo miraban distinto ahora, pero con envidia. Más de alguno debe haber pensado –me voy a poner a aprender guitarra también.
–¿Y “Julieta”? ¿Habrá vuelto su “Romeo”? –pensé, así que miré hacia donde estaba el chal a cuadros estirado en el
pasto, y vi que la chiquilla estaba dándole un beso a un muchacho que estaba junto a ella.
–Ah, sí, ya volvió. –dije. –Pero… ¿el pololo no tenía el pelo claro? Éste tiene pelo oscuro.
Los de las bicicletas pasaron ambos andando frente a mí. La chiquilla sin duda tenía mucha práctica, pero el muchacho que recién había aprendido lo hacía tambaleante aún. Los seguí con la vista hasta que salieron del parque y doblaron por una esquina. En esa misma esquina se detuvo una micro y por la puerta trasera se bajó el “Romeo”, el verdadero, el de pelo claro. Venía con la cara sonriente y traía en sus manos unos libros. Corrió en dirección al parque, pero se detuvo en seco cuando vio la escena que había sobre el chal a cuadros. Su cara se transformó. Soltó los libros. Lo vi caer sentado en el pasto, con rostro de sorpresa e incredulidad. El chiquillo de pelo oscuro que besaba a la chiquilla miró al joven rubio y salió corriendo por el parque. La muchacha se dio vuelta, miró al “Romeo” y se puso de pie. Intentó acercarse para decirle algo, pero cada vez el muchacho rubio se alejaba caminando hacia atrás. La niña, al ver que el joven no quería siquiera escucharla, volvió al chal, de la mochila tomó un lápiz y escribió algo en un papel, el que dejó en el pasto. Cabizbaja, se dio media vuelta y se alejó caminando por el parque. El muchacho, aun con cara de no creer lo que acababa de pasar, se puso de pie, caminó hacia el chal, tomó el papel y lo leyó. Sus manos temblaban. Se sentó en el pasto y comenzó a llorar de una manera que hasta las piedras se ablandarían. Aun cuando mi mente logra crear muchas cosas, nunca he podido imaginarme lo que ese papel decía. No sé. Quizá mi mente no quiere llegar a comprender que las únicas personas que parecían felices al principio de esa visita al parque fueron las únicas que terminaron mal. 



lunes, 22 de abril de 2013

Las barandas del liceo italiano (cuento)

Las barandas del liceo italiano
 Patricio Escobar


Una vez instalados en el colegio italiano que sería nuestro hogar por tres meses, me dispuse a dar una vuelta por Roma y buscar los lugares más importantes para luego recorrerlos con mi curso. Fui a la sala de profesores a buscar un mapa de la ciudad, caminé por los pasillos del viejo colegio, presté especial atención a las barandas de madera de los pisos superiores (no sé por qué lo hice) y, al volver a la sala, encontré a un alumno a microsegundos de encender una bomba de humo.
–¡Santander! –dije. –¡Suelta eso y vamos a inspectoría!
–¿También tenés un pibe problema? –dijo una voz en el pasillo. Era el profesor de la sala del lado, otro curso de intercambio. Tenía uno de sus alumnos agarrado de una oreja. –Seguíme que sho sé dónde los van a corregir.
–Santander, vamos. Recién llegado a Italia y ya te estás portando mal. Veremos cómo te va con el inspector de acá –le dije a mi alumno.
         Caminamos los cuatro por el pasillo del segundo piso del colegio y, nuevamente, le presté mucha atención a las barandas de madera. Se notaban que eran muy antiguas, y habían sido pintadas de un color café oscuro.
–¿Estás seguro que la oficina del inspector está por acá? –le pregunté al otro profesor.
–See. Por culpa de estos demonios sha he venido seis veces. Siete ahora con este Gálvez ¡Y apenas shegamos hace tres días! ¿Lo podés creer?
–Venimos a romper marcas entonces. Yo acabo de llegar y ya tengo que presentarle este angelito al inspector. Y es más, te puedo asegurar que en estos momentos hay otros cuantos organizando algún destrozo.
–Ah bueeeno.  Sha era hora de tener alguien que me entendieeeera. Alfredo Marini, profesor de Biología de Buenos Aires –me dijo extendiéndome la mano derecha.
–Julián Robles, profesor de Música de Santiago. Mucho gusto.
–¡Música! ¿Te especializás en algún instrumento?
–Toco de todo. Pero si de gusto se trata, me fascina el bajo. Y además canto.
–Mirá que bueno, che. Platicando con un profe mexicano, me dijo que los instrumentos de la sala de música están disponibles. Él toca la guitarra y sho la batería. Podríamos ir un día libre y ver que sale. ¿Vale?
–Ya poh, me parece excelente. Después nos ponemos de acuerdo.
         Seguimos caminando por los pasillos del viejo colegio italiano hasta que llegamos a una oficina con puerta de vidrio. En el vidrio debió haber tenido escrito en italiano, pero no se veía por la hoja de papel con la palabra “inspectoría” impresa en letras negras que habían pegado encima. Marini dio tres golpes a la puerta. Yo me giré para ver el patio y tener una imagen general del colegio, pero me quedé mirando una vez más las barandas. Esas barandas de madera tallada que parecían patas de mesa antigua, pintadas de color café oscuro. ¡Pero claro! ¡Se parecían tanto a las barandas del liceo de Concepción en donde yo había estudiado cuando era adolescente!
–¡Marini! Otra vez por acá. ¿Qué hiciste ahora? –dijo con voz gruesa el inspector, un tipo alto, gordo, pelo canoso y un ojo de vidrio.
–Lo pillé rayando las sillas con éste plumón. –dijo el profesor Gálvez, de biología, dándole el plumón en la mano al inspector.
–Marini, Marini. ¿Qué vamos a hacer contigo? No sé cómo funcionan las cosas en Argentina, pero acá en Chile no es normal que hagas tantas maldades juntas –dijo el inspector.
–Ah, y de pasadita me encontré al profesor nuevo de Música, el señor Santander, quien también le trae un angelito de su curso –dijo el profesor Gálvez.
–Santander, buenas tardes. Soy Enrique Lobos, el inspector general. ¿A quién me trae?
–Buenas tardes. Le traigo a Julián Robles del tercero “C”. Un muchacho con mucha imaginación, pero lamentablemente ocupa esa creatividad en hacer bombas de humo con pelotas de ping pong y papel metálico.
         En ese momento, el profesor Gálvez, el profesor Robles, el inspector Lobos y el alumno argentino Marini del tercero “B” me quedaron mirando, ahí, junto a la puerta de inspectoría y las barandas de madera del Liceo Italiano de Rancagua.


lunes, 15 de abril de 2013

Carta de M… (cuento)


Carta de M… a las personas del mundo desde la prisión de Cebongan, Indonesia, Junio de 2053 (traducción al español)


Estimados amigos,
Recientemente he sido informado acerca de la noticia de que todos ustedes me han otorgado el título honorífico de Ciudadano Ilustre de la Humanidad. Sinceramente, no creo que exista manera satisfactoria de expresar mediante palabras el placer que siento en estos momentos. Dadas las circunstancias actuales, sólo se me permite comunicarles mediante éstas breves líneas mi gratitud pero créanme, amigos míos, que mi felicidad va mucho más allá de lo que ustedes puedan imaginar de éstas palabras.
Sin embargo, tengo la necesidad de aclarar que las cosas que les he revelado y que han causado tanto mi actual situación judicial como el galardón que ustedes me han concedido, no ha surgido de mi propio conocimiento, sino que más bien se me fue revelado hace unos años atrás. Me gustaría, por lo tanto, relatarles los acontecimientos durante los cuales yo recibí el conocimiento que, espero, signifique que la humanidad finalmente llegue a conocer el bienestar universal.
Corrían los primeros años del siglo XXI cuando, con la compañía de tres de mis mejores amigos, me dirigía a un festival al aire libre a las afueras de mi ciudad natal. Tanto yo como mis compañeros recientemente habíamos cumplido la mayoría de edad, por lo que nos sentíamos con la energía característica de la juventud más la independencia propia de la adultez. Para llegar al lugar en donde se llevaba a cabo el festival, debíamos manejar a través de la carretera que se sitúa junto al aeropuerto de la ciudad. Sin embargo, y a pesar de la tecnología que existía a nuestra disposición en ese tiempo, equivocamos la ruta y terminamos en un camino que nos llevó al viejo internado religioso abandonado que en sus últimos años había funcionado como museo de objetos e imágenes eclesiásticas.
Como aún teníamos tiempo de llegar al festival, mediante común acuerdo nos dimos la libertad de entrar al terreno al que habíamos llegado a pesar de que estaba claramente señalizado como “recinto privado” y “peligro de derrumbe” y así poder curiosear. Entramos por una abertura en la alambrada principal y, luego, por una ventana rota al edificio mayor de lo que fue el internado. Todo estaba oscuro. El aire estaba denso por el polvo de los años y olía a encierro y madera vieja. El silencio casi total era solo interrumpido por nuestros pasos y por el viento que se colaba por las tablas rotas de las ventanas. 
Nos encontrábamos recorriendo el lugar cuando uno de mis amigos sintió la necesidad de romper un vidrio oscurecido por el tiempo que no permitía mirar con claridad el contenido de una especie de vitrina. El sonido del cristal roto cayendo al piso de madera retumbó por todos los pasillos de la casona haciendo parecer que otros cien cristales se rompían a lo ancho y largo de la casona. Cuando el ruido se detuvo, nuestros ojos quedaron fijos en lo que había al interior de la vitrina: estatuas religiosas que representaban personas con laceraciones en pies y manos sufriendo condenas mortales, ángeles guerreros atravesando demonios bajo sus pies con lanzas, mujeres con cara de sufrimiento, llorando, dirigiendo sus ojos hacia arriba y muchas otras figuras que nos hicieron sentir un profundo terror. Mis tres amigos tuvieron la instintiva reacción de salir corriendo del lugar, pero yo no me sentí con la fuerza para hacerlo. En cambio, una extraña sensación me hizo caminar de manera casi involuntaria hacia otra habitación. 
Llegué a una amplia sala y me detuve en el centro de ésta. Aunque en mi interior yo estaba muerto de miedo y solo quería arrancar, mi cuerpo no lograba moverse a la par de mis pensamientos. Entonces, apareció frente a mi la figura de una joven, de aproximadamente mi misma edad, vestida con una túnica blanca. Su rostro me pareció extrañamente conocido. Con una suave voz, casi infantil, me dijo que era mi hermana gemela quien había muerto pocas horas después de nacer y cuya existencia mis padres nunca me habían revelado. Me explicó que, por haber irrumpido en este lugar, a continuación sería enjuiciado. 
Apareció frente a mí en ese instante una especie de estrado con figuras que no logré distinguir, pero sus voces eran gruesas y fuertes y repercutían en el gran salón. Una voz dijo “¿será tu castigo algo simple y pueril como ser comido por un tiburón?”. Una segunda voz dijo “¿O quizás dedicar por completo tu vida a las creencias religiosas, abandonando todos los placeres terrenales existentes?”. La suave voz de quien se había identificado como mi hermana gemela susurró a mi oído diciendo “Sea cual sea la decisión, acéptala y rinde tu alma. En realidad no es un castigo lo que te darán, sino un beneficio”. Entonces, haciendo caso del consejo de esa dócil voz, en mi interior acepté cualquier determinación que se tomara. Sentí, entonces, que mi cuerpo comenzaba a flotar en el aire boca arriba. Cerré mis ojos, abrí mis brazos y junté mis piernas. La tercera voz dijo “Entonces, se te dará a conocer y deberás cargar de ahora en adelante con la verdad última de la vida. Solo podrás revelarla a la humanidad dentro de diez años. Por darla a conocer públicamente, serás agradecido por muchos, pero también odiado por otros”. A los pocos segundos, sentí el frío suelo de madera tocando mi espalda. Abrí los ojos, me senté y miré alrededor; no había nada, excepto mis tres amigos, atónitos, mirándome desde la entrada del salón. Me dijeron que me habían visto levitar completamente solo, iluminado solamente por un haz de luz que se colaba desde el exterior por una abertura en el techo. Después de eso, simplemente salimos del lugar y les pedí que no mencionaran a nadie lo sucedido por algún tiempo, hasta que yo les indicara.
Fue de esa manera, entonces, cómo obtuve el conocimiento que hace cuarenta años les revelé. Hoy que celebro setenta años de edad, puedo confirmar que se ha cumplido todo lo prometido: muchas personas han aceptado mis palabras, mientras que muchas otras las han renegado. He vivido más de treinta y siete años tras las rejas por mis dichos y, aun cuando he sido solo un conducto de ese saber, estoy muy agradecido de vuestro reconocimiento hacia mi persona pues tengo la más plena certeza de que la verdad saldrá triunfante y mi revelación logrará el cometido original de conseguir la felicidad en todo el mundo.

Que la paz esté con todos ustedes.

M…



Cronología de los hechos.
1984 – Nacimiento de M…
2003 – M… (19 años) recibe conocimiento en antiguo internado.
2013 – M… (29 años) revela públicamente el conocimiento creando gran conmoción en el mundo entero.
2017 – M… (33 años) es enjuiciado y enviado a prisión por sus opositores.
2053 – M… (70 años) recibe el título honorífico de Ciudadano Ilustre de la Humanidad y escribe carta la de agradecimiento.

domingo, 14 de abril de 2013

La edad del odio (microcuento)


La edad del odio
Patricio Escobar

–¿Por qué? ¿Por qué yo? Nadie entiende en esta familia lo que estoy viviendo. Salen con sus “yo ya pasé por esa etapa” pero no es cierto. Nadie sabe lo que es vivir como yo, sin poder hacer nada, siempre me mandan a hacer cosas que no quiero. ¡Odio mi vida! ¡Odio a mi familia! ¡Por qué no puedo tener una vida tranquila! –dijo la adolescente entrando furibunda a su habitación.
         Se tumbó en su cama, cubrió su cabeza con la almohada y se puso a llorar. Al dejar caer su brazo derecho por la orilla de la cama, su mano rozó el interruptor de la lámpara que tenía en el velador.
–Si tan solo tuviera explosivos bajo la casa… ¡podría hacer volar todo apretando este interruptor! (Click)
La casa no voló en pedazos, pero curiosamente un pequeño temblor se dejó sentir en el instante mismo en que la adolescente presionó el botón. Segundos más tarde, el hermano mayor de la joven entró corriendo en su habitación.
–¿Lo sentiste? Los icebergs se están partiendo –dijo el hermano mientras miraba entre inquieto y feliz por la ventana. Una columna de humo negro indicaba que había un incendio a lo lejos.
–¡Ándate de mi pieza! ¡Estai loco! (Click, Click)
–Ay, hermanita, estai en la edad de odiar todo. Yo ya pasé por ahí.
–¡Agghh! (Click, Click, Click)

jueves, 11 de abril de 2013

Claustrofobia (microcuento)


Claustrofobia
Patricio Escobar

Se cuenta que hace un par de siglos atrás en París, Francia, un grupo de cinco personas quedó atrapado en un ascensor, los que hace poco habían sido inventados. Como aún no existían los sistemas de seguridad y la experiencia en uso de ascensores que hay en la actualidad, esas cinco personas estuvieron atrapadas más de diez días a la altura del piso doce de un edificio. Cuando el equipo de rescate finalmente pudo abrir el ascensor, todas las personas estaban muertas excepto un solo hombre quien fue el que explicó los hechos, aunque con gran dificultad, más tarde a las autoridades. Según su relato, una de las personas (una señora mayor) se desplomó de un infarto al corazón al momento en que el ascensor se atascó y el resto sufrió horribles ataques de pánico a lo largo de los diez días de encierro. El hombre, entre sollozos, explicó que lo peor de todo sucedió esos últimos días cuando, en su razonamiento de pánico, los pasajeros pensaron que cometer canibalismo era la única manera de sobrevivir hasta que los rescataran. Partieron por comer del cuerpo de la señora que había muerto al inicio y luego, cuando ésta se comenzó a pudrir, siguieron por morder a los vivos hasta que cada uno tuvo en sus estómagos carne y sangre de las otras cuatro personas. Lo que no calcularon era que comenzarían a morir de sangramiento por las heridas. Como último dato, el hombre reveló que no tuvo pudor en comer de las otras personas pues, a fin de cuentas, eran completos desconocidos con los que no tenía relación sentimental. “De lo contrario, es probable que no hubiese accedido a comer de ellos” dijo el hombre a la prensa de la época. Es por esta historia que en la actualidad es de común acuerdo, cuando uno se sube a un ascensor, saludar a quien será su acompañante por muy corto que sea el trayecto. De esa manera, se deja de ser completos extraños y se da pie a que exista al menos un poco de pudor de comerse entre sí en caso de quedar encerrados. Con ello, también, ese “hasta luego” al momento de bajarse del ascensor, en realidad quiere decir “suerte que no tuvimos que comernos en ésta oportunidad”.